¿LA TRADICIÓN DEL CAMBIO ESTÁTICO?

Fecha: 2003-07-26 00:00:00por: Francisco Javier Brenes Berho (javierbrenesb@hotmail.com)

¿Nuestro emperador quieres ser?, ¡O.K¡, pero... ¡Sólo por seis años!.
En materia política una de las dinámicas más peculiares del mundo entero es sin duda alguna la mexicana, ha sido analizada una y otra vez, casi hasta el hartazgo por propios y extraños. Primero fue el enigma que presentó el PRI-gobierno y/o gobierno-PRI con su místico sistema de renovación continua para garantizar la inamovilidad del orden establecido. Ahora pese al tremendo revés electoral sufrido por el Revolucionario Institucional en las elecciones del 2000 y al no menos severo trancazo que recibió el PAN en los recientes comicios, los mecanismos conductores de la política nacional sean panistas, priístas o peredistas no parecen haber cambiado mucho que digamos en el fondo, en ocasiones ni siquiera en la forma. ¿A qué se debe esto?.

En La Frontera de Cristal, Carlos Fuentes nos dice: “La salud de México ha consistido en que renueva sus élites periódicamente. Por las buenas o por las malas. Cuando las aristocracias nativas se eternizan, las sacamos a patadas. La inteligencia social y política del país consiste, más bien, en saber retirarse a tiempo y dejar abiertas las puertas a la renovación constante.”. “Pus ςa change, plus c'est la même chose…”.

Difícilmente podríamos encontrar un caso más ilustrativo, ni más pleno del problema del movimiento en el plano de lo político y tal vez hasta de lo cultural que el mexicano. Parece ser que nos encontramos permanentemente enfrascados en la eterna discusión sobre si hemos cambiado y crecido o no es así y sólo nos conformamos con una ilusión óptica que nos distrae de lo sustancial que permanece inamovible, inevitablemente estático. Dicha controversia parece haberse agudizado a partir del día 3 de julio pasado y con mayor énfasis aún después del 1.- de diciembre del 2000.

Tan es así, que ya trascendió al plano jurídico, ya hasta se han interpuesto recursos de Controversia Constitucional entre diversas instancias del poder.

El P.R.D., así como el mismísimo P.R.I. señalan y acusan con especial vehemencia que aquí nada ha cambiado, que la política social, cultural, deportiva y especialmente económica sigue puntualmente el mismo rumbo, que obedece a las mismas premisas, sólo que con más torpezas que antes. Acción Nacional, por su parte reitera las mismas acusaciones, pero contra la persona de nuestro ilustrísimo Peje de Gobierno capitalino. ¡Perdón!, Jefe de Gobierno capitalino, Andrés Manuel López Obrador.

En FIN DE RÉGIMEN Y DEMOCRACIA INCIPIENTE, Lorenzo Meyer, afirma: “Es profundamente corrosivo de la dignidad individual y colectiva, comprobar una y otra vez cómo la elite política mexicana puede hacer un uso patrimonial del poder sin tener que rendir cuentas a nadie excepto a sí misma. Las excepciones –producto de conflictos al interior del grupo gobernante- son un puñado y únicamente sirven para confirmar la regla”. “Al México humillado corresponde otro, muy pequeño: el que humilla, su clase política”.

Una idea muy extendida por todo lo largo y ancho de nuestro territorio que va a ser muy difícil de erradicar, si no es que imposible, es aquella de que la política no es otra cosa que el arte de hacer cochinadas, de enriquecerse a costillas de otros... de traicionar. Anthony Giddens, en La tercera vía, nos ofrece un punto de vista a nivel mundial, pero perfectamente aplicable en nuestro país. Él nos dice: “Las ideas políticas parecen haber perdido hoy día su capacidad para estimular y los líderes políticos su capacidad para dirigir. El debate público está dominado por preocupaciones acerca de los criterios morales en declive, las divisiones crecientes entre ricos y pobres, las tensiones del Estado de bienestar”.

El Contrato Social, obra maestra de Jean-Jeaques Rosseau define al gobierno como “un nuevo cuerpo en el Estado, distinto del pueblo y del soberano y como intermediario entre uno y otro”. Hasta aquí las cosas parecen ir muy bien, pero... ¿Qué pasa cuando el gobierno es partido o éste se siente gobierno?, ¿o cuando el soberano, representante del gobierno y del pueblo a la vez representa a otro tipo de intereses particulares o de grupo?. El asunto comienza a enmarañarse, confundimos al movimiento con la parálisis o tal vez a la inversa.

Heráclito, Parménides y los pluralistas viven en México.
La tesis de que todo cuanto existe vive merced a la destrucción de otras cosas parece cobrar animación propia en el sistema de transmisión del poder en México. Cada presidente entrante requiere forzosamente descargar buenas dosis de veneno político sobre su antecesor para poder afianzarse en su cargo, eso sí cuidando mucho de no golpetear más de la cuenta, de no causar un daño serio o irreversible que pueda tener un efecto bumerang sobre quien lo lanza. Es decir, siguiendo la escuela de Pitágoras, según la cuál, para que las cosas funcionen adecuadamente hay que observar una perfecta armonía, misma que en los últimos tiempos del PRI presidencial sufrió gravísimas y aparatosas fracturas.

Algunas figuras públicas, comúnmente conocidos como caciques o dinosaurios parecían tener la importante y delicada función de velar por que el orden de las cosas no se rompiese. Han ido desapareciendo de la faz de la tierra, poco a poco, tal vez de una forma similar a la que exterminó a los grandes dinosaurios, mucho antes de que el hombre apareciera.

Quizá las grandes manifestaciones campesinas que hoy día padecemos en esta capital se deben en gran medida a la desaparición de estas figuras así como de una cabeza rectora que desde la mullida silla presidencial concilie, por las buenas o por las malas intereses en pugna. No hablo aquí de la legitimidad o no de tales expresiones, simplemente trato de vislumbrar lo que opera detrás de ellas exhibiéndolas a la luz de aquello que les da la vida.

Curiosamente, lo que en realidad piden estas organizaciones no es otra cosa que una mano rectora que les indique el rumbo a seguir habida cuenta de que desconocen el camino de la libertad, no saben cómo transitarlo y muy probablemente, tampoco desean hacerlo. Así las cosas, tenemos una ferviente actividad política pugnando con especial virulencia verbal por un regreso a las viejas formas establecidas y por el NO al cambio. Por si esto fuese poco, el poder al cuál demandan lo anterior parece fingir demencia ignorando olímpicamente los ruegos de los súbditos ansiosos por ser sometidos nuevamente. ¿Dónde más podríamos presenciar un fenómeno similar?.

A los ojos de nacionales y sobre todo extranjeros, el día 2 de julio del 2000 marcó un cambio histórico en el acontecer de nuestra vida como nación. La palabra clave, aquella con la cuál el actual presidente llegó a Los Pinos fue cambio.



Sin embargo para Parménides no tiene sentido, ya que a su parecer, el cambio no existe ya que cambiar significa “convertirse en lo que no es” y esto resulta imposible. Lo que es no puede no ser algo, porque “no ser”, significa desaparecer de la existencia. Entonces ya no sería lo que es. Tratando de extrapolar estos postulados a nuestra realidad actual, tendríamos que si hubiese habido un cambio en nuestro sistema político, éste ya no existiría pues en su lugar habría uno nuevo.

Una cruda realidad nos salta a la cara, el sistema político anterior sigue vigente, los pasados usos y costumbres en materia política y sobre todo económica tienen más expectativas hoy, que cuando fueron implementados. El caso del secretario de Hacienda y Crédito Público, Francisco Gil Díaz no puede menos que recordar al del suizo Néquer, quien fuera ministro de finanzas a finales del reinado de Luis XVI y con los primeros gobiernos emanados de la Revolución Francesa. Tiempos de libertad se respiraban en ambos casos, pero los compromisos contraídos con el gran capital, esos hay que cumplirlos a chaleco.

Parménides vuelve a increparnos, “No puede haber un llegar a ser ni una destrucción de lo real. Por tanto tendremos que conformarnos con aceptar que “ los objetos naturales tienen que ser explicados como meras combinaciones fortuitas de una multiplicidad de elementos que son los únicos que merecen el nombre de existentes”.



Esto nos conduce irremediablemente a establecer que lo que ha ocurrido en México no es otra cosa que una combinación accidental de diversos elementos que son reales; el desmoronamiento de la cúpula del PRI, un eventual alejamiento del partido con el presidente o viceversa, una prolongada campaña por la presidencia que rindió frutos, quizá un acuerdo previo para hacer un conveniente cambio de estafeta, una relativa parálisis de la otrora poderosa estructura territorial priísta, un ferviente anhelo de cambio, etcétera.

Sin embargo, corriendo el enorme riesgo de parecer un tonto, me atrevería a preguntarle a Parménides si esta combinación fortuita, ya que no es exactamente igual a la anterior no constituye en sí misma una forma de cambio.

Demócrito sugiere atenerse a los hechos aparentes y no dejarse extraviar por argumentos abstractos. Quizá la mejor traducción a esto la hizo el finado político priísta, Don Jesús Reyes Heroles, considerado por muchos como el único ideólogo de su partido, en una frase que se le atribuye. “En política, la forma es el fondo”.

Si esta premisa es aplicable, estamos fritos, ya que las formas de nuestros actuales gobernantes, tanto federales como locales dejan muchísimo qué desear en prácticamente todas sus actividades, tanto públicas, como privadas.

¿Hemos cambiado?, naturalmente que sí, pero el fondo no se ha perdido del todo, quizá, sólo quizá, la tradición del cambio estático aún continúa..


































































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