CIUDAD JUÁREZ: JUSTICIA EXTRAVIADA

Fecha: 2003-10-30 00:00:00por: Ángel Mendoza Cruz (libera@mexico.com)

En la mayoría de los crímenes y desapariciones un patrón se repite: víctimas jóvenes, morenas, delgadas, de cabello largo y trabajadoras de la maquila. En una década más de 300 mujeres asesinadas y casi 500 extraviadas. El número exacto se desconoce.

Promesa de fuente inagotable de trabajo, puerta de entrada para el sueño-pesadilla americano(a), enclave del narcotráfico, Ciudad Juárez es la atrozmente célebre urbe de la globalización. Es la tierra del feminicidio.

“Vine a Juárez para presenciar el silencio y el misterio que rodea a las muertes de cientos de mujeres”, explica la realizadora Lourdes Portillo en las primeras secuencias de su documental Señorita extraviada (2000), proyectado en Barcelona el 24 de octubre durante el Festival de Cine y Derechos Humanos.

El rostro de una joven aparece sobrepuesto a un encuadre de la ciudad; pronto la imagen de ella se desvanece y sólo queda la urbe. Se escucha un solo de piano. Así inicia esta investigación fílmica que indaga acerca de los homicidios y desapariciones, reúne testimonios, denuncia negligencias.

A diez años de haber iniciado este torrente de violencia, la vida de muchas mujeres se ha desintegrado, no en las pantallas de cine, sí en las arenas desérticas y sólo han quedado el dolor de los familiares, la indiferencia de las autoridades y la impunidad de los asesinos.

Certera es la pregunta de la directora al respecto: “¿Por qué se ignoran las muertes de tantas mujeres y por qué los crímenes continúan?”. Todo parece indicar que el asesinato se ha vuelto tan cotidiano que no sorprende el aumento en la lista de muertes y desapariciones

Nacida en Chihuahua, Portillo estudió en EU, donde radica. Su labor como documentalista le valió una nominación al Oscar en 1986 por Las madres de Plaza de Mayo. Vuelve a México con Señorita extraviada para sumarse a las voces que durante una década han exigido y reclaman aún justicia.

Este documental es, a decir de su autora, un ''filme de horror en el que no hay ninguna imagen sangrienta. Quise hablar del horror sin tener que mostrar los cuerpos destruidos y los cadáveres ensangrentados de las mujeres asesinadas". (La Jornada. Septiembre 25 de 2003).

Uno de sus méritos: no incurrir en el amarillismo. Escucha a sobrevivientes y a las familias de las asesinadas y desaparecidas. Muestra la manipulación en los medios de información locales y la torpeza de los políticos en turno. Nunca usa el escándalo como tono de su investigación.

“Las pruebas de los casos parecen ser construidas al azar”, afirma Portillo en uno de los momentos fílmicos y agrega: “Desconfío de todo lo que dicen y todo lo que leo. Las únicas fuentes de información son las víctimas o los familiares”.

Con este trabajo, la realizadora explora varias hipótesis que motivan los crímenes y exhibe cómo es fácil y hasta necesario fabricar culpables. Los medios reducen el caso a la nota roja, al escarnio para vender más. Una vez escogido el asesino, en la prensa y la televisión se repiten las mentiras hasta la saciedad para que la sociedad las asuma como verdades.

Ininterrumpidamente, Ciudad Juárez se llena de cruces negras sobre fondos rosas. La corrupción y la impunidad sirven de lápidas. Las que terminan con el silencio son los organismos internacionales, las investigaciones particulares y las organizaciones civiles creadas por los deudos.

Pero quien intenta averiguar es blanco de ataques muy pronto. Lo mismo familiares y periodistas reciben amenazas de muerte. Sin embargo, la violencia psicológica y hasta las agresiones físicas no frenan la labor de éstos. No cesan en su intento por conseguir justicia.

Un trabajo reciente se suma a la causa: Huesos en el desierto, reportaje de Sergio González. Atracado y golpeado por sus escritos al respecto publicados en Reforma, el autor decide internarse de lleno en ese mundo de agresión permanente contra las mujeres y escribe el libro.

Como Portillo en Señorita extraviada, González Rodríguez desenmaraña hilos para averiguar: “¿Homicidios rituales vinculados al satanismo? ¿Tráfico de órganos? ¿Filmación de películas snuff? ¿Orgías perversas de narcotraficantes?”, se cuestiona.

Y se responde: "Las preguntas se multiplican porque se ha carecido de una pesquisa seria al respecto. Diversos testimonios indican que los asesinos seriales estarían protegidos, en un primer nivel, por policías del municipio y del estado de Chihuahua. Luego, tendrían un manto protector en las cúpulas del poder vinculado al narcotráfico”. (Letras libres. Diciembre 2002).

Enfrentar toda esa telaraña de intereses que han impedido hacer justicia es la gigantesca tarea que, desde este 17 de octubre, tiene Guadalupe Morfín Otero, comisionada para prevenir y sancionar la violencia contra las mujeres en Ciudad Juárez. Tras tres años de presión, finalmente el gobierno foxista aceptó nombrar una responsable para el caso.

Tapatía de 50 años, maestra en literatura contemporánea, poetisa, abogada penalista y teóloga, la ex ombudsman de Jalisco cuenta con el respaldo de las organizaciones civiles nacionales e internacionales. Tiene credibilidad.

Diez años de muerte en Ciudad Juárez y por la casi nulidad de las indagatorias da la impresión de que a las extraviadas ninguna autoridad estatal ni federal las busca. Se espera hasta que aparezcan en calidad de cadáveres. Entonces sigue llamar a los deudos para que “ayuden” a reconocer los huesos y a reconstruir el rostro.

Después de tres años de ser filmado y con limitada difusión en salas de cine, el documental de Portillo se transmitió por primera vez en televisión abierta el 25 y 28 de septiembre (Canal 22). Llegó a los hogares mexicanos, ahí donde se cultiva el machismo que fermenta en misoginia.

Bien lo señala Elena Poniatowska: “El problema de las muertas de Juárez es de impunidad y de misoginia [...] Mujeres de 14 y 15 años han sido encontradas muertas en Ciudad Juárez sin que el gobierno se preocupe por esos asesinatos convirtiéndolos en los más despiadados de México”. (La Jornada. Noviembre 26 de 2002).

Gobiernos prisitas y panistas pasan y la muertes y desapariciones persisten. Todo sonrisa, el actual mandatario de Chihuahua Patricio Martínez aparece en sus promocionales que festejan sus 5 años de gobierno. “Transformamos el estado grande” es el lema.

Enorme el territorio chihuahuense, pero ¿de qué sirve si no hay Estado de derecho? La violencia se ha derramado hasta la capital. El mismo gobernador fue objeto de un atentado en enero de 2001 a manos de una ex agente de la Policía Judicial Chihuahua.

La grandeza del estado es tal que las instituciones están plagadas de corrupción, que el crimen organizado se adueña de las calles, que la gente es incrédula ante su clase política, que Ciudad Juárez es el peor lugar para que vivan las mujeres.

Ante la cámara televisiva, el ex gobernador Francisco Barrio explica que las muertas y extraviadas tenían una doble vida. Es como decir se lo merecían por putas; se lo buscaron, no ameritan atención y no hay nada que investigar.

¿Cómo se atrevió a formar parte del gabinete y hoy ostenta su curul de coordinador panista? Sólo por el feminicidio en Juárez, Barrio debió de quedar inhabilitado para ocupar puesto alguno. Y sin embargo, ahí está, tan campante, convaleciente en Houston.

Barrios de miseria los que surgen entre un amanecer y otro en Juárez. Ahí, muestra el documental, se cultivan rencor social e inseguridad. Desprotegidas, las jóvenes recorren esos arrabales para esperar el camión que las lleva a las maquiladoras, cajas sedientas de mano de obra barata.

Pero la tragedia no se reduce a Juárez ni al color de un partido en el poder. La injusticia y la impunidad están arraigadas en la estructura institucional del país. Ahí está el indignante carpetazo al caso Digna Ochoa. Contra ese sistema es el reto de Guadalupe Morfín Otero.

En su esfuerzo no está sola. La movilización de familiares de las víctimas, el trabajo de organismos nacionales e internacionales, las investigaciones periodísticas y cinematográficas como las de Sergio González y Lourdes Portillo han impedido la indiferencia y el silencio.

Sin embargo, aún falta mayor interés de la sociedad para que exija a los distintos niveles de gobierno la pronta y correcta entrega de resultados. Es necesario que entre los mexicanos se asuma la defensa de los derechos humanos como una prioridad.

En México se festejan 50 años del voto femenino y se cumple una década de feminicidios. En el país no se puede hablar de integración mientras la violencia diaria para ellas es sistemática; agresiones que van desde el hogar hasta los espacios públicos. Una nación no puede levantarse con dignidad mientras la justicia siga extraviada.


Más artículos de Ángel Mendoza Cruz
Artículos de hoy en Lapalabra.com

Fecha: 2003-10-30 00:00:00por: Ángel Mendoza Cruz (libera@mexico.com)