Esperanza (Primera parte)
| Fecha: 2004-05-15 00:00:00 | por: |
- Mamá tengo hambre – dijo el pequeño José dirigiéndose a su progenitora. María, su
madre, se encontraba sentada sobre una silla de madera, observando hacia la despensa vacía. Al fondo del cuartucho, una Virgen de Guadalupe con una veladora que casi agotaba su cera; su lucecilla apenas iluminaba el cuarto en donde sobresalía la imagen de la Virgen, dada la cercanía de la veladora. Aunque su mirada se dirigía hacia la despensa vacía, en
realidad su vista sólo tenía esa dirección, pero veía nada; su mirada estaba perdida en el infinito.
- Mamá tengo hambre – repitió el
niño de apenas 5 años de edad. Su
madre, parecía no escucharlo; su hijo se encontraba sentado en el suelo sobre una cobija roída de tanto uso. Cuando José comenzó a lloriquear, María despertó del letargo en que se encontraba. Se levantó rápidamente y respondió – Ya voy m’ijito, espera, te prepararé algo. María salió fuera de la casucha por
agua y unas hojas de té limón que había sembrado cerca de la pila de
agua. El
agua dentro de la pila apenas si sobrepasaba los 5 centímetros del fondo; no había llovido; “ya no llueve como antes” – pensó.
- ¡Mamá tengo hambre! – gritaba el pequeño José, al mismo
tiempo que lloraba. María entró a la
casa con una olla de barro ennegrecido por el humo. La colocó sobre el anafre, sopló sobre los carbones que parecían apagados y miles de chispas rojizas invadieron el rincón convertido en cocina. Después de varios intentos, la lumbre brotó iluminando el cuartucho un poco más. Hizo un pequeño atado con la hojas del té limón y lo agregó a la olla junto con un trozo de piloncillo, el único que quedaba sobre la mesa de madera apolillada. Se dirigió hacia su hijo y lo abrazó para consolarlo, tratando de reducir su hambre con un poco de cariño.
Hacía un año ya, que Filemón, su esposo, había salido de la
casa en búsqueda de una bolsa de frijoles. “Voy con Don Pancho pa’ que me fíe unos frijolitos, ‘orita vengo”, pero no regresó. Una
semana después su cuñado Paco le indicó que Filemón se había ido para el “otro lado”.
- Mire cuñada, Filemón no le quiso avisar porque no se atrevió, no la quiso ver llorar, pero va a ver que regresará pronto con un montón de
dólares, los gringos pagan bien. Mi compadre Andrés está allá y le iba a conseguir un buen
trabajo, creo que de jardinero; ya verá que regresará pronto, un año a lo mucho y regresará, ya todo está arreglado, pronto le mandará
dólares por el
correo. Si necesita algo, nada más me avisa, yo veré por ustedes – dijo Paco. Pero los
dólares no llegaron ni por
correo ni por giro telegráfico; tampoco
noticias de Filemón, ni la ayuda de Paco, que a los pocos
días también se fue de bracero a los estados unidos.
La olla ebullía sobre el anafre y la choza se inundaba del aroma del té limón y piloncillo. Levantó la olla, vació el contenido caliente en dos jarros, tomó otro vacío para trasvasarlo de uno a otro para enfriar el té hirviente. Comprobó que el té no quemara los tiernos labios del
niño y se lo ofreció. José lo comenzó a beber con avidez. Ella lo bebió más lentamente, por lo caliente. Tomó una tortilla de maíz, la colocó sobre el anafre, le dio un par de vueltas y se lo dio a José, que comenzó a comerla hasta terminarla, al igual que su jarro de té. Ella continuó bebiendo el té lentamente, aunque ya no estaba tan caliente. Recostó al
niño, le entonó una
canción de cuna, mientras José caía en una profundo sueño.
Las llamas que se levantaban del anafre, invitaron a María a sumergirse nuevamente en sus pensamientos y recuerdos: recordaba cuando de niña, sus padres la despertaban durante la madrugada para acompañarlos a las labores del campo, ya sea para ira a barbechar, sembrar o cosechar y a veces, sólo para ir a mirar los sembradíos. También recordaba como cantaba su padre cuando araba, persiguiendo y dirigiendo sus machos, atados y arrastrando el arado. Su canto se escuchaba desde muy lejos; recordaba el verso de una
canción que su padre entonaba con frecuencia - ¿qué decía? – “yo creo podemos ver, el bello amanecer de un nuevo
día. Yo pienso que tú y yo, podemos ser felices todavía...” – si, eso decía la
canción. Su
madre, la llevaba de la mano hacía el lugar donde se encontraba su papá, al cual ubicaban fácilmente porque siempre estaba cantando. Un señor muy alegre.
Ocasionalmente sus pensamientos se interrumpían con el crepitar del carbón en el anafre. La olla, ahora era ocupada por un puñado de frijoles que se cocían en el
agua hirviente. Removía su contenido con una pala de madera, atizaba el anafre para volver a perderse en el limbo de los recuerdos.
En su casi finiquitada adolescencia conoció a Filemón, en una ocasión en que su padre enfermó. Su
madre atendía al enfermo y le pidió a María que fuera al sembradío y ahuyentara los cuervos que en esa época se comían las mazorcas, apenas creciendo. La parcela no era grande y podía ahuyentar a los cuervos a pedradas; los cuervos necios más tardaban en
volar espantados, que en regresar a sus intentos por comer las mazorcas tiernas. En eso estaba atenta, cuando entre graznido y graznido, escuchó una de las
canciones que su padre solía cantar. La voz era más joven que la de su padre. Rápidamente lo comprobó al ver como sobresalía de la loma que dibujaba un pequeño horizonte, una cabeza y luego el
cuerpo de un joven que perseguía, sin prisa, un reducido rebaño de chivos y borregos, era Filemón. De hecho ya lo conocía; fueron compañeros en la
escuela primaria y aunque a veces se habían sentado en la misma
banca, jamás habían conversado. Ya lo conocía, pero esa mañana, lo vio diferente, más apuesto. El ritmo de su corazón se aceleró, cuando Filemón volteó hacia ella y le dijo: - Buen
día María. ¿peleándote con los cuervos? -. - A pedradas no vas a acabar con ellos, son tercos, mira se hace así – y después emitió un silbido tan fuerte que resonó en toda el valle, para después seguir entonando su canto. El silbido de Filemón ahuyentó a los cuervos que desaparecieron de la escena instantáneamente.
Así siguieron los
días. El padre de María continuaba enfermo, su
madre cuidándolo, las mazorcas creciendo y María yendo al campo a ahuyentar a los cuervos. Su labor ya no era tan compleja porque siempre aparecía Filemón pastoreando su ganado y ayudando a María, silbando para ahuyentar a los cuervos. La
madre de María la observaba cada mañana, ahora se peinaba durante más
tiempo, se bañaba con
agua helada, aunque la mañana fuera fría y salía entonando una cancioncilla – ya me voy
madre, al rato regresó – decía con una sonrisa muy amplia.
Desafortunadamente, la alegría de María se opacaba con la tristeza debida a la
enfermedad de su padre; cada
día estaba peor. Hacía un mes que lo había visitado un médico, Joaquín, y le había prometido llevarle medicamentos adecuados, pero el doctor no había regresado. Era el único médico en varias localidades y el centro de
salud más cercano se encontraba en la cabecera del municipio.
Una tarde, cuando el médico llegó a la ranchería, el padre de María había fallecido después de una larga noche de
fiebre y dolores de estómago, vómitos y diarrea. – Vine lo más rápido que pude ... en varios pueblos hay brotes de tifoidea ... la
medicina no alcanza ... el
gobierno no ha distribuido medicamentos... claro que en la capital si hay, sobran, pero esos se venden ... la Secretaría de Salud no tiene
presupuesto para más ... – Más que explicaciones, parecía una justificación para librarse de la responsabilidad de las muertes; Pero se sabía que no era la voz del doctor, él sabía que el índice de muertes por
enfermedades curables en las comunidades indígenas era alto y que la mayor parte de los medicamentos se distribuían en las ciudades, no en las rancherías.
Joaquín era el único que había regresado a su pueblo, de las decenas de jóvenes becados, que habían salido hace años de la región para irse a estudiar a la
ciudad de México, como parte de un
programa de
desarrollo educativo a las comunidades indígenas, promovido por el
gobierno de ese entonces.
El resto de los estudiantes beneficiados no habían regresado, la mayoría se había contratado en
clínicas y
hospitales del
gobierno o privados, los menos habían colocado sus consultorios particulares.
Todos habían hecho su
vida en las ciudades, olvidándose de su pueblo y de su gente, excepto el ahora Doctor Joaquín,....
(continuará)
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