Esperanza (Segunda parte y final)

Fecha: 2004-05-16 00:00:00por: Ricardo Millán Licona (r_millan_l@yahoo.com.mx)

Sin su padre, María y su madre debieron de planear como harían las labores abandonadas, incluida la tristeza de no escuchar los cantos del padre ausente. En los funerales, Filemón se había presentado con un ramo de flores de nardos y girasoles, que el mismo cortó en el campo, lo colocó en la tumba para después ir a darle el pésame a María junto con un abrazo, que a pesar de ser destinado para el consuelo, María lo sintió en lo más profundo de su amor por Filemón. Era la primera vez que tal acercamiento ocurría.

No pasó mucho tiempo. Una tarde en que María y su madre, cosechaban un área de las milpas, pasó Filemón como de costumbre, pero en esta ocasión no pastoreaba su ganado; Iba con un ramo de rosas y se dirigió directamente a la madre de María: - “Señora, he venido a que me conceda la mano de su hija” - Dividió el ramo en dos; una parte de los dio a María y la otra a su mamá. La señora no sabía que decir y titubeante sólo dijo “Si, si”. María se sentía morir de lo fuertemente que latía su corazón.

Su rostro se había transformado en un mutis mezclado de espanto, sorpresa, alegría y un deseo porque su madre dijera, aunque fuera titubeante “si, si”.
María y Filemón se casaron un domingo en la capilla de la localidad. El sacerdote llegó tres horas tarde, malhumorado de andar para allá y para acá montado en un burro y un poco alcoholizado por el vino para consagrar que no sólo había bebido en las ceremonias, sino también durante el camino para saciar la sed. La boda se celebró en grupo, es decir junto con otras parejas casamenteras. En esas comunidades, no se podía elegir fecha de casamiento ya que el sacerdote las visitaba cada dos meses. Cuando asistía a la capilla oficiaba, una tras otra, misa de muertos, bautizos, confirmaciones, primeras comuniones y casamientos, además de escuchar las confesiones y ofrecer la ostia a los recién confesos de pecados, a veces no tan recientes.

Todo iba bien, Filemón se hacía cargo de la siembra y la manutención de la nueva familia. El patrimonio había crecido porque ahora ya contaban con el ganado de chivos y borregos, además de la parcela heredada por el padre de María. La familia también había crecido, al mes de la boda, María resultó embarazada y nueve meses después había nacido José. El embarazo no había sido problema, ni tampoco el parto que se realizó satisfactoriamente con ayuda de la comadrona de la ranchería. María siguió trabajando ahuyentando cuervos y pastoreando los chivos y borregos, además de cuidar el gallinero, que les proporcionaba huevos diariamente.

El sonido de las láminas de zinc en el techo, al moverse con el viento, la volvieron a regresar al presente, precisamente a esa casa que su padre había construido, ahora ocupada por la familia, la pequeña familia, reducida a sólo dos miembros. El niño José dormía plácidamente. Las sombras del cuarto evocaban la presencia de su padre. El viento azotaba la casa, escuchando un repiquetear como de gotas de agua. ¿Llovia?, no, no llovía era una ilusión provocada por la arena arrastrada por el viento que golpeaban el techo de Zinc imprimiendo ese sonido confuso. El agua como hace falta, “antes si llovía” se dijo para si.

Todo iba bien, cada mes, Filemón iba a la cabecera municipal con un chivo o un borrego, un costal de maíz o de frijol y 20 litros de pulque para venderlos en la plaza que cada lunes se instalaba. Generalmente vendía todo. Fue en esa plaza cuando se enteró que el gobierno construiría una presa para generar energía eléctrica. Aunque el sabía que era una presa y la energía eléctrica, la noticia no le fue importante porque en realidad no necesitaba de ninguna de las dos. El jagüey de la ranchería era suficiente para dar de beber agua a los animales, regaba sus campos con el agua de lluvia que escasamente caía en su temporada y agua del arroyo cercano, transportada en tambos sobre los lomos del burro, aunque fuera poco a poco.

Tampoco le hacía falta la energía eléctrica, él se levantaba cuando apenas clareaba el día y se acostaba cuando iniciaba la noche. Cuando María y él platicaban un poco más tarde, lo hacían a oscuras o encendían un ocote, suficiente para ver sus caras. En la plaza se contaban rumores, unos buenos otros malos con respecto a la presa, pero él no hacía caso. Una camioneta del gobierno avisaba de los beneficios que traería la presa: la modernidad, el desarrollo, el progreso, ..., pero tampoco hizo caso.

José, el bebé, contaba con apenas 2 años, cuando el arroyo que pasaba cercano a la parcela comenzó a secarse, sólo cuando llovía traía agua, poca, muy poca. Cuando algo similar había ocurrido en años pasados, la gente se abastecía de un manantial alejado a 5 kilómetros, pasando la barranca y aunque no era suficiente para regar las parcelas, era suficiente para beber y hasta para darse un baño, el agua del manantial era pura y cristalina. Pasados algunos días, en las primeras lluvias, el río se volvía a cargar y no escaseaba durante casi todo el año. Pero ahora no era así, el manantial se secó completamente, ni una gota salía de los orificios cavernosos; a pesar de que se observaba que llovía en las montañas, en el río circulaba muy poco agua y en pocos días se volvía a secar por completo. En el pueblo, se difundían dos noticias importantes, la presa había sido inaugurada por el Presidente de la República y el Gobernador del Estado y prometía traer grandes beneficios para todos como una muestra de los esfuerzos del gobierno para alcanzar la modernidad, el desarrollo y el progreso del País. La otra noticia era que cientos de comunidades campesinas sufrían de la sequía más severa de varias décadas y que se debía al cambio climático.

Ya nada iba bien, Filemón sembraba sus parcelas al igual que los demás campesinos, pero las lluvias eran insuficientes para lograr que las semillas germinaran y cuando por algún milagro ocurría la germinación, la falta de agua marchitaba las plántulas y la cosecha se perdía prematuramente.

El éxodo se inició ante la promesa que ofrecía el País vecino: Dólares. Cada día se difundían más las noticias que indicaban los ofrecimientos de trabajo que ofrecía el vecino del norte y la gente emigró. En esa huída, se encontró Filemón, se dirigió a los Estados Unidos y María no sabía de él desde hacía más de un año.

Ya nada iba bien, María había perdido a su madre hacía solamente un mes. Su muerte fue similar a la de su padre; fiebres altas, dolor de estómago, vómitos y diarreas. En esa ocasión su funeral fue aún más triste, en el panteón, los acompañantes eras mujeres, hombres viejos y niños. Todos de cara triste, sin saber si ello se debía a la muerte de la señora o a la situación que sufría cada integrante del sepelio.

No sabía cual dolor era más grande, si la pérdida de su madre, la ausencia de Filemón o los reclamos del pequeño José que continuamente solicitaba ¡Tengo hambre mamá!. La mayoría de los chivos y borregos de su ganado hacía mucho que habían muerto de enfermedad o inanición, los últimos habían conformado su última dieta de carne hace más de un año.

Sus pensamientos y recuerdos se interrumpieron con el rechinar del vaso en donde se encontraba la veladora; la cera se había agotado casi totalmente y el vaso de vidrio amenazaba con fracturarse. La lucecilla se extinguió totalmente; sin embargo, la imagen de la Virgen de Guadalupe, aún se encontraba iluminada. Volteó hacia arriba, a los lados para detectar de donde provenía la luz que alumbraba el cuadro, pero no había tal luz. Sintió temor, pero su fe la hizo creer en que estaba siendo partícipe de un milagro; de una visita de la Virgencita. Ya dormía.

Mientras tanto, en el cuarto ya no había luz, se oscurecía la esperanza del milagro que sirvió para hacerla dormir con calma; la esperanza se alejaba junto a la imagen de la Virgen. Tal parecía que “Nuestra Señora de Guadalupe” se había adicionado al éxodo.


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Fecha: 2004-05-16 00:00:00por: Ricardo Millán Licona (r_millan_l@yahoo.com.mx)