CIUDAD BICICLETERA
| Fecha: 2004-09-30 00:00:00 | por: |
Hace algunas décadas, para hacer notar la
pobreza de una localidad de provincia, se le llamaba “pueblo bicicletero”. Es posible que ese calificativo se le imponía al poblado por no haber
automóviles y la gente recurría a las bicicletas para transportarse; ni modo, no había
dinero ni necesidad para comprar
autos; incluso, la bicicleta era más barata que un caballo o un burro.
Posiblemente por mis engaños visuales o tal vez por el
éxito de Belem
Guerrero en el ciclismo, el 25 de agosto del 2004, me ha parecido ver más bicicletas en la calle, desde
niños hasta adultos mayores. Imagino a las personas sacando sus viejas bicicletas del rincón, pintarlas, aceitar las cadenas y rodamientos, ir a comprar la
cámara de la llanta, echarle aire y
cambiar las gomas de los frenos. Otros, más afortunados han ido a adquirir una bicicleta nueva.
Si se consideran lo beneficios que trae el uso de la bicicleta, entonces desearíamos ser una
ciudad bicicletera, tal y como lo es Ámsterdam en
Holanda,
ciudad que no se distingue precisamente por ser pobre.
El uso de la bicicleta conlleva dos beneficios principales, la
salud, el ahorro económico por concepto de transporte y la reducción de la contaminación atmosférica al tratarse de un vehículo que sólo requiere la energía humana.
En el primer aspecto, los especialistas han indicado que con la práctica constante del ciclismo se logra el mejoramiento de la circulación sanguínea, al promover el bombeo de más sangre al
cuerpo y el fortalecimiento del corazón mediante el pedaleo; de igual manera ocurre con los pulmones al incrementar el ritmo respiratorio.
Asimismo, el uso de la bicicleta es excelente para la reducción de grasas, debida a la quema de calorías y utilización de las reservas; si como el fortalecimiento de varios músculos del
cuerpo, principalmente glúteos y muslos, regiones del
cuerpo donde fácilmente se instala la celulitis y los músculos se hacen más flácidos.
Se ha dicho también que los niveles de estrés se reducen significativamente al hacer ejercicio, en este caso, mediante el ciclismo. Si este se practica en áreas rodeadas de vegetación, la vista obtenida durante los paseo, redundará en tranquilidad y optimismo.
En el segundo aspecto, la idea de utilizar la bicicleta para ahorrar
dinero, la hace aún más atractiva. En el
Distrito Federal el transporte se puede considerar de lo más baratos en el País, ya que sólo cuesta dos
pesos recorrer la
ciudad en
Metro, tren ligero, en los autobuses RTP y los trolebuses. El transporte mediante taxis colectivos de ruta fija cuesta 2.50
pesos en recorridos de menos de 5 kilómetros y hasta 4
pesos en distancias mayores. En el estado de
México, los autobuses concesionados cobran 4.50
pesos en sus recorridos más cortos y hasta 9
pesos en los más largos, en municipios aledaños dentro de la zona conurbada del
DF.
No obstante, para los sectores menos afortunados que reciben el
salario mínimo como paga. El porcentaje del gasto por concepto de transporte para dirigirse a sus
empleos, y viceversa, llega a ser significativo, además del pago que realizan para que sus hijos se transporten a sus
escuelas, no digamos cuando el fin de
semana se les llegara a ocurrir hacer un paseo por
San Juan de Aragón,
Chapultepec o algun parque cercano, en compañía de su
familia; si hace cuentas, los gastos por transporte consumirían una parte importante de sus ingresos. Por el contrario, el uso de la bicicleta es prácticamente gratis, exceptuando la
compra de la bicicleta y su mantenimiento.
El tercer caso resulta obvio, el de la contaminación, dado que la bicicleta no utiliza combustible alguno, excepto las calorías y la grasa del ciclista que se quema durante su uso, no existe emisión de contaminantes y no será necesaria la aplicación de algún
programa “un
día sin bici”.
Desafortunadamente, hay un punto negativo: el peligro de
viajar en bicicleta, al menos en las zonas conurbadas de las grandes ciudades del País; las ciudades están diseñadas para los
automóviles, no para peatones y ciclistas. Hay historias negras de los atropellamientos de ciclistas y ciclistas.
Hace poco, en la
ciudad de México, se puso en servicio una ciclopista (en su parte inicial) en la que se indicó previamente que no fue diseñada para transporte, sino para paseo o ejercitación, aunque no dudo que algunos la utilizan como transporte a sus
empleos y
escuelas. La apertura de la ciclopista estuvo ligada a la autorización por parte del
gobierno del
DF, para que los ciclistas pudieran llevar sus bicicletas en el
Sistema de Transporte Colectivo Metro. Acciones plausibles, pero que aún son limitadas a un pequeño grupo de ciudadanos.
Ojalá no pase lo que ocurrió con la ciclopista que hace algunas décadas recorría a lo largo de la avenida Ing. Eduardo Molina, desde el norte de la
ciudad hasta casi el centro. Esta ciclopista quedó en abandono por parte de las autoridades hasta su destrucción total. La falta de mantenimiento, el paso del
tiempo y el uso intensivo de ciclistas la fue poco a poco, hasta que el paso del
tiempo la fue deteriorando hasta destruirla.
Paralelamente, las
leyes han sido modificadas para brindar mayores facilidades y
protección a los viajantes en bicicleta, pero del “dicho al hecho hay mucho trecho” reza el refrán. El automovilista citadino no tiene una
cultura de respeto ni al peatón ni al ciclista; impera la
ley del más fuerte y el más veloz. En una intersección ¿Quien se le atravesaría a un
automóvil de una tonelada de
peso con una bicicleta de no más de 100 kilogramos de
peso con todo y ciclista?, aún sabiendo que la
Ley de Transporte y Vialidad de
DF indica que la bicicleta tiene el derecho de paso; es preferible permitir que el
automóvil pase a correr el riesgo de morir atropellado.
La circulación de las bicicletas se hace aún más difícil si se considera la cantidad de vehículos automotores que se estaciona en doble y hasta triple carril, que cierran los pasos en esquinas. Otro peligro observado tanto para el peatón y el ciclista es la supuesta “vuelta a la derecha con precaución” ya que los automovilistas se dan vuelta a la derecha, sólo con precaución de otro vehículo de iguales o mayores dimensiones y no con la precaución mayor que se debiera tener para permitir que el peatón o el ciclista circule libremente como lo marca la
legislación.
De no resolver el caos vial citadino, la invitación al uso de la bicicleta se convierte en una invitación a salir a la calle con riesgos mayores a morir atropellado.
Por otro lado, no se tiene una estructura para el estacionamiento de bicicletas; recientemente mi hijo fue a la delegación
Coyoacán para solicitar cierta
información para un trámite; a la entrada de la delegación un policía de guardia le impidió el paso, diciéndole que no se podía pasar con bicicletas, a lo que mi hijo le dijo que la dejaría fuera y que por favor “le echara un ojo”. El policía recriminó que él no estaba para cuidar bicicletas. Mi hijo tuvo que regresar sin bicicleta a la delegación.
En los Viveros de
Coyoacán, no se permite el uso de bicicletas en su interior, tal como ocurre en muchos parques de la
ciudad, pero tampoco se tiene un estacionamiento en las afueras para ellas.
En el metro Indios Verdes (y otras estaciones terminales del sistema) existían estacionamientos para bicicletas; poco
tiempo operaron y por causas que desconozco, los espacios se concesionaron, vendieron o rentaron a
empresas privadas de autobuses. Hoy son salas de espera y oficina de despachadores.
Si las propias autoridades
gubernamentales no proporcionan las facilidades para el uso de las bicicletas en sus instalaciones ¿qué se puede esperar de los centros
comerciales, bancarios y de servicios que tampoco brindan esta comodidad al ciclista?, a pesar de que la
ley también los obliga. Entonces corremos el riesgo adicional, de que un malandrín se robe nuestro preciado vehículo.
Hay que reconocer que pocos gobiernos se han preocupado por tomar las iniciativas para facilitar el uso de la bicicleta, parecería cosa de poca importancia; el
gobierno del
DF la ha tomado, pero dista mucho para que exista una estructura para este medio de transporte. De no tenerla en su totalidad, redundaría en invitar a la población a correr riesgos mayores, además de los que ya vivimos. De no hacer el
trabajo completo, parecerá que sólo se inició para salir en la foto, cortando el listón inaugural.
Se puede comenzar en fomentar una
cultura de la bicicleta a los usuarios actuales y potenciales, además de los que no usarán jamás una bicicleta, pero que utilizan el
automóvil para todo.
Este fomento podría iniciar con la difusión de las
leyes que protegen a los ciclistas y que obligan a prestadores de servicios
gubernamentales y privados a brindar facilidades para el uso de este medio de transporte.
Construir más ciclopistas, en avenidas de camellones de anchura adecuada (por ejemplo, recuperar la que existía en la avenida Ing. Eduardo Molina)
Construir estacionamientos en sitios estratégicos (estaciones del metro, terminales de autobuses RTP,
escuelas,
mercados, parques y jardines) y recuperar los que existían (por ejemplo, recuperar los que algún
día se ubicaron en algunas estaciones terminales del metro).
Proporcionar
créditos para la adquisición de bicicletas a la gente de bajos recursos, no sólo para el jefe de
familia, sino también para sus hijos estudiantes.
Hagamos de nuestra
ciudad, una “Ciudad Bicicletera”.
Sólo son unas ideas de lo que se puede hacer para el fomento del uso bicicleta. Usted lector tendrá más. Escríbame a r_millan_l@mexico.com para publicarlas en este mismo espacio.
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