¡Vive la France!
| Fecha: 2005-09-26 00:00:00 | por: |
LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD
Yo no sé allá, pero aquí ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad. ¡Menos fraternidad! Ya lo hemos dicho: ¿qué libertad pueden tener más de cincuenta millones de personas sin suficiente
dinero para comer?, ¿qué igualdad puede haber si mientras cincuenta millones de personas no tienen con qué sobrevivir, doscientas
familias son dueñas del
país y varios dignatarios militan en las listas de Forbes?; ¿y qué fraternidad hay en un
país donde al salir de
casa no sabemos si regresaremos vivos?
Estoy convencido de que la más grave
enfermedad de nuestro
tiempo, la que genera otras
enfermedades como la falta de libertad, de igualdad y de fraternidad es la falta de
amor, de verdadero
amor, del que da sin esperar recompensa. Incluso en la
familia, muchas veces la falta de
amor llega a manifestarse en rencores insuperables, inextinguibles, aun en odios que incapacitan a la gente a perdonar. Y si eso es dentro de algunas famitas, no se diga lo que pasa fuera del seno familiar.
Sí. Nos falta
amor, mucho
amor. ¿Suena cursi? Es posible: en un ambiente de individualismo ha de sonar cursi. Pero cuando falta
amor la cosa no para allí, se desarrolla una cadena negativa, un círculo vicioso: primero proyectamos nuestra amargura sobre el medio y desconfiamos de él, nos sentimos amenazados por él; después, para protegernos decidimos aislarnos, pero al aislarnos caemos en soledad y quedamos sin nadie que nos de la mano; entonces desarrollamos mecanismos de supervivencia que nos llevan al gran egoísmo, e indiferentes a lo que a otros les ocurra, adoptamos y justificamos una actitud de “sálvese quien pueda”.
Cómo entender, si no, que en medio de tragedias tan grandes como el terremoto de 1985 en
México, el psunamit de
Indonesia o la inundación de
Nueva Orleáns, muchos de los sobrevivientes se lanzaran al pillaje en vez de socorrer, como otros lo hacían, a los que estando en riesgo de morir aún podían salvarse. Grave individualismo.
Los psicólogos, principalmente norteamericanos de la década de los 50 en delante, pusieron el acento en la independencia psicológica. ¡Excelente! Era buena la proposición, aunque no era nueva: 2500 años antes el budismo había propuesto el desapego, o sea, no mantenernos condicionados a personas, cosas o hábitos de
vida en forma y grado que pudieran subyugarnos; y el
cristianismo lleva 2000 años insistiendo en lo mismo. ¡Qué peor esclavitud que depender de la voluntad de alguien más o
vivir sujetos a una necesidad imperiosa de algo! Poca gente lo tomó en serio, pues la
palabra “desapego” sonaba a pérdida, a renuncia, tenía menos glamour que la
palabra “independencia”, la cual de sólo escucharla nos daban ganas de ponernos de pie y cantar el himno
nacional. Siendo, pues, la independencia psicológica una práctica magnífica, una verdadera meta humana, se interpretó mal, y su significado se desvió de independencia de afectos destructivos, a indiferencia respecto a los demás, a falta de límites, a falta de control de nuestros actos. Y surgieron movimientos sociales de rechazo a la
cultura que había prevalecido hasta entonces y que llamaron “establishment”. La consideraron como conjunto de normas restrictivas que no los dejaba
vivir, los asfixiaba, no les permitía “ser ellos”. Curiosamente, en aras de rescatar la libertad decidieron ser esclavos de nuevos amos: substancias alteradoras de la conciencia, y prácticas de edonismo. Cambiaron una esclavitud por otra y quedaron muy contentos. Algo parecido a lo que ocurre en las revoluciones sociales, que sólo cambian de tiranos.
Y el péndulo de Pascal pasó volando por el justo medio para instalarse en el extremo opuesto. Si el cambio de
valores y de principios fue fuerte en general, lo fue particularmente en las
mujeres. Y de las noviecitas pudorosas que López Velarde describe “con la blusa corrida hasta la oreja y la falda bajada hasta el huesito” quedaron muy pocas, pues en su devoción a la fraternidad entregaban “fraternalmente” su virginidad y luego su
cuerpo al calor de un par de copas o un par de lisonjas. Pero eso no fue ni todo ni lo más importante. Lo más importante fue que a fin de que el
mundo entero pudiera ser incluido en el enfoque filosófico del individualismo, los nuevos movimientos consideraron necesario darle una zarandeada a los
valores: lo que antes era considerado malo ahora era considerado bueno. Y el esfuerzo de implantar la nueva
filosofía se llevo de paso al lenguaje.
Al pan pan y al
vino vino
Anteriormente a las cosas se les llamaba por su nombre, por el que habían mantenido durante siglos, y todos nos entendíamos. Pero al trastocar los
valores tradicionales, los movimientos de liberación trastocaron también el lenguaje, y en el
mundo socialmente nuevo el idioma se agachó, se arrugó para darle paso a nuevos significados de los vocablos. Desde entonces, al egoísmo se le llama “derecho a ser auténtico”; a coger, “hacer el amor”; a la promiscuidad, “explorar nuevas posibilidades”; a la deshonestidad, “habilidad para los negocios”; a la tranza, “estrategia política. Del esposo infiel se dice que es “muy macho”, de las esposas infieles, que son “mujeres modernas”; y de las putas que son “sexo-servidoras”.
Mejor llamémosle pan al pan y al
vino vino, a fin de entender de qué estamos hablando.
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