¿QUÉ HAY DETRÁS DEL NARCOTRÁFICO, DE SU VENTA Y CONSUMO?
| Fecha: 2006-01-04 00:00:00 | por: |
Me pregunto cómo es que las
mafias deciden enriquecerse a costa de destruir seres humanos jóvenes con potencial para lograr cierto grado de felicidad propia y ajena, jóvenes que son, además, la médula de nuestra patria.
Encuentro que tanto a traficantes como a consumidores los mueve el mismo interés: huir de una
realidad que no les satisface. Y van tras de alguna esperanza, por falsa que sea: los traficantes, optando por la ilusión de que la riqueza los hará felices, y lo hacen a riesgo de ser atrapados y perder su “libertad”, o de morir en algún enfrentamiento entre
mafias competidoras.
Por otro lado los consumidores, movidos por la ilusión de que la experiencia psicodélica les dará más satisfacción que su
realidad, también se lanzan tras ella a riesgo de perder su “liberad”, éstos en la dependencia de la
droga, o su
vida en una sobredosis.
Y es válido preguntarse por qué no les satisface la
realidad que los rodea; preguntarse qué esperan de la
vida para considerarla valiosa, para sentir que vale la pena vivirla.
Puede haber varias respuestas, pero una importante es la forma en que la
publicidad estimula la codicia desde la niñez hasta la edad adulta, codicia de
dinero, de cosas, de fama fácil, de reconocimiento, de adulación, codicia de
vida intensa, de experiencias “nuevas y diferentes”, siempre movidos por una insatisfacción, y aun desprecio, de su
vida, de la
Vida, de sí mismos.
La codicia de la niñez se ve estimulada por todo lo que anuncia la
televisión y lo que exponen los escaparates de las grandes tiendas. En Navidad da tristeza, a la vez que vergüenza, ver a
niños de clase media abrumados de juguetes, pues en vez de recibir de sus padres sólo dos o tres que podrían valorar, cuidar y amar, reciben cinco o seis de los padres, dos de los abuelos, uno de cada tío y cada tía, y acaban rodeados de trebejos por los que mantienen interés durante una
semana, tras de la cual se quedan con uno o dos y arrumben los diez o quince restantes. Así, el
niño empieza a pensar que la
vida se da fácilmente, que no hay límites a sus deseos o caprichos. Y aún no han pasado de su niñez cuando ya sueñan con ser “estrellas” infantiles de
televisión.
Acabo de enterarme de una viuda que durante más de un año ha trabajado de sol a sol para enviar a su hija, adicta a la
droga, a una fundación especializada en la recuperación de personas adictas en los
Estados Unidos, ya que su hija no ha podido recuperarse en
México. Esa institución exige, por contrato, que la muchacha quede allí durante al menos nueve meses,
tiempo que se considera indispensable para garantizar(?) que no recaerá después del tratamiento. Es buena la medida, sin duda, sólo que a un costo de Dlls 10,000 (diez mil dólares) al mes, que en los nueve meses da un total de Dlls 90,000.00 (¡noventa mil dólares!), más o menos un millón de
pesos que la viuda ha logrado juntar con grandes sacrificios, y que al pagarlos volverá a quedar en ceros. Pero eso no le importa, lo que le importa es salvar a su hija, a esa hija que no para de insultarla y burlarse de ella, de escaparse de
casa por las noches mientras la
madre se angustia al descubrir su ausencia, pensando que quizá la habrán matado o haya muerto por sobredosis.
Ojalá no fuera más que esta
mujer y esta hija: ¡pero son muchas
familias que sufren situaciones semejantes con hijos “liberados”, miles de padres que reciben las afrentas de sus hijos, su falta de respeto a ellos y a todo tipo de autoridad, pues al haberlos amado irracionalmente, no se atrevieron a ponerles límites a
tiempo, ya fuera con pláticas objetivas, con consejos amorosos, con regaños, y aun con firmes limitaciones a su libertinaje, pues de haberlo hecho, habrían sido juzgados por los hijos como padres castrantes, anuladores del
desarrollo de su personalidad.
Lo curioso es que a pesar del
fracaso de la “liberación” juvenil, tanta gente siga considerándola como elemento válido de formación. Nos guste o no nos guste, en la
vida hay límites, y si no aprendemos a ponerlos nosotros mismos, nos los pondrá la
vida, la
sociedad, o quizá la policía.
Vale la pena pensar a qué edad pueden asistir sin mayores riesgos los jóvenes,
hombres y
mujeres, a los antros, y a cuáles antros; si pueden asistir a un “rave”, a cuál “rave”, y salir ilesos de él. Y al decir ilesos no me refiero a integridad
física, sino psicológica y moral.
Vale la pena pensarlo.
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