UNA SOCIEDAD MODERNA-I
| Fecha: 2006-01-09 00:00:00 | por: |
Reconozco que hablar del hambre y la miseria en el
mundo es tema manido, la
ONU reporta periódicamente cifras alarmantes. Sin embargo a pesar de tanto hablar de la miseria no han cambiado las condiciones de
vida de los económicamente marginados. Siguen como si nadie se hubiera enterado de ello, de ellos. Además, las cifras de la
ONU no incluyen a otros marginados, a los que no sólo, o no tanto, sufren miseria económica como carencia de algo esencial a su naturaleza humana: la aceptación recíproca de sus semejantes, el
amor en diversas manifestaciones y en diversos grados. Estos otros marginados son los grandes grupos exentos del beneficio del
poder, del reconocimiento de sus méritos y de la consideración a sus sentimientos, entre ellos los indios de
México y del resto de
Latinoamérica, los negros de los
Estados Unidos y de algunos países europeos, los intocables de la
India, los homosexuales del
mundo, los que profesan alguna religión incómoda para el
poder, los que no han tenido oportunidad de educarse, los angustiados que se tornan alcohólicos o drogadictos, los enfermos de sida, los viejos desamparados. Estos grupos también son presa de un sistema social indiferente a sus necesidades de seres humanos, a sus necesidades individuales.
Me dirán que gente más calificada que yo ya ha hablado del tema desde hace mucho
tiempo sin resultados visibles. Precisamente, ya que nuestro sistema socioeconómico no sólo no ha resuelto el problema sino que, inclusive, ha sido obstáculo para lograr un
mundo más justo y fraterno, podemos tratar de que al menos en pequeños grupos, en casos individuales, se revierta la tendencia; podemos intentarlo acercándonos a los que nos necesitan, uno a uno y en forma personal, dispuestos a escucharlos con tolerancia, a entenderlos y ayudarlos con generosidad. Y así, quizás un
día...
¡Viva la libertad!
En un
mundo que presume de
libre, más de la mitad de sus pobladores son esclavos del hambre y la ignorancia. En esas circunstancias ¿qué puede hacer la gente con su supuesta libertad? ¿De hacer qué es
libre esa gente? ¿Qué tan
libre es un mendigo al que le diga yo “eres
libre para tomar un
avión e irte a Waikikí y tomar vacaciones”? Esa población esclava del hambre y de la ignorancia no es
libre de divertirse porque la
diversión cuesta
dinero (aun tomar el metro para ir a Chapultepec), no puede
viajar ni comprar las medicinas que necesita, no puede educarse porque desde jóvenes (algunos desde niños) tienen que ayudar a la
familia. ¡Qué
mundo libre ni qué nada! ¡Mundo de esclavos! Esclavos del
poder y la riqueza. Lógicamente, junto con esa esclavitud, o debido a ella, un alto porcentaje de nuestra
sociedad ha acumulando odio, y el odio la polariza. Y una
sociedad polarizada por el odio es peligrosa.
¿Suena pesimista? Sí, a todos nos gusta oír cosas bonitas, alentadoras. ¡Y las hay! Sólo que en otros niveles sociales, en el
mundo de las minorías privilegiadas, al cual seguramente tú, lector, y yo pertenecemos en algún grado, puesto que al menos nunca hemos dejado de comer por falta de comida.
En la miseria económica se inician algunos de los hilos que luego se entrelazan hasta producir el
mundo de soledad en que vivimos. Porque, ¿cómo va a darle atención a sus hijos una
madre o un padre que no puede ofrecerles qué comer? Antes tiene que salir a buscarles alimento. Y se inicia el abandono, y cunden la soledad y el consecuente deseo de fugarse de ella, ya sea robando o drogándose, o robando para drogarse.
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