UNA SOCIEDAD MODERNA-II
| Fecha: 2006-01-09 00:00:00 | por: |
Hace
días me visitó un amigo que se llama Raúl. Raúl es obrero, lo conocí como Jefe de Turno en una fábrica de pan y galletas. Tiene esposa y una prole que va de los dieciséis a los veinticinco años: una hija y tres hijos, la hija es la mayor. A los 58 años Raúl sufrió una fractura de fémur durante el
trabajo, y nunca se recuperó de ella totalmente. Como camina con dificultad, lo despidieron del
trabajo. Por eso y por su edad. A partir de entonces inútilmente ha buscado un
empleo en el que, sin moverse con rapidez, pudiera aplicar su experiencia. Pero los departamentos de personal de todas las
empresas que visitó tenían exceso de solicitudes de
hombres jóvenes y sin limitaciones físicas, dispuestos a aceptar menos sueldo que el que a través de los años había podido acumular Raúl.
Raúl todavía no tiene
trabajo, pero tiene dignidad... y humildad, y en vez de atenerse a que su hija y el mayor de sus hijos varones carguen con el sostenimiento de la
casa, desde muy temprano va al
mercado de La Merced y allí logra algunas propinas cargando bultos en carretilla. Así colabora con sus hijos en los gastos de
casa. Además, Raúl es generoso. A pesar de su precaria situación financiera me trajo a regalar dos vasitos de yogurt.
La
cultura del individualismo
Pero Raúl no es la única víctima de semejante suerte. Muchos
trabajadores son “liquidados legalmente", despedidos cuando ya no pueden rendir como rinde un joven. “Pero son indemnizados”, me dirás. Sí, en base a los salarios que paga nuestra
industria, que en sus mecanicismos de compensación laboral valora el uso del ser humano a la par que el uso de las materias primas. Nuestros
industriales no parecen creer, o no parece importarles, que la gran desproporción entre el valor del
dinero y el valor del
trabajo es un grillete para el
desarrollo de nuestra
nación, además de ser mecanismo de polarización de la riqueza, ya de por sí terriblemente polarizada.
Resulta inhumano que se considere al
hombre como una “commodity” en el
mercado de oferta y demanda; es inhumano pagar a la mano de
obra tan bajos salarios por el hecho de que hay exceso de oferta. Estamos hablando de seres humanos que sufren hambre igual que nosotros, que tienen ilusiones igual que nosotros, que igual que nosotros quieren darles a los suyos un medio de
vida aceptable, y crear una descendencia fuerte y sana. Tratar el
mercado de mano de
obra igual que el
mercado de chatarra es injusto. Lo justo sería pagar la mano de
obra en relación a su participación en los beneficios finales de la
empresa, no de acuerdo a lo que se le pueda exprimir al obrero en su desesperada necesidad y abundancia de oferta.
Como la riqueza financiera es considerada el más alto valor social, ha desplazado otros
valores como la justicia, la comprensión, la honestidad, la compasión, la amistad, la paternidad, el patriotismo,
valores indispensables para la estabilidad social. La codicia ha hecho que se pierda de vista el camino a la felicidad individual, necesaria para la felicidad colectiva.
No es lo mismo tener estabilidad social porque la gente esté satisfecha, que tener estabilidad social porque la gente esté amordazada y falta de esperanzas.
UNA SOCIEDAD MODERNA-II
por: Leopoldo Sánchez Zúber
Un amigo
Hace
días me visitó un amigo que se llama Raúl. Raúl es obrero, lo conocí como Jefe de Turno en una fábrica de pan y galletas. Tiene esposa y una prole que va de los dieciséis a los veinticinco años: una hija y tres hijos, la hija es la mayor. A los 58 años Raúl sufrió una fractura de fémur durante el
trabajo, y nunca se recuperó de ella totalmente. Como camina con dificultad, lo despidieron del
trabajo. Por eso y por su edad. A partir de entonces inútilmente ha buscado un
empleo en el que, sin moverse con rapidez, pudiera aplicar su experiencia. Pero los departamentos de personal de todas las
empresas que visitó tenían exceso de solicitudes de
hombres jóvenes y sin limitaciones físicas, dispuestos a aceptar menos sueldo que el que a través de los años había podido acumular Raúl.
Raúl todavía no tiene
trabajo, pero tiene dignidad... y humildad, y en vez de atenerse a que su hija y el mayor de sus hijos varones carguen con el sostenimiento de la
casa, desde muy temprano va al
mercado de La Merced y allí logra algunas propinas cargando bultos en carretilla. Así colabora con sus hijos en los gastos de
casa. Además, Raúl es generoso. A pesar de su precaria situación financiera me trajo a regalar dos vasitos de yogurt.
La
cultura del individualismo
Pero Raúl no es la única víctima de semejante suerte. Muchos
trabajadores son “liquidados legalmente", despedidos cuando ya no pueden rendir como rinde un joven. “Pero son indemnizados”, me dirás. Sí, en base a los salarios que paga nuestra
industria, que en sus mecanicismos de compensación laboral valora el uso del ser humano a la par que el uso de las materias primas. Nuestros
industriales no parecen creer, o no parece importarles, que la gran desproporción entre el valor del
dinero y el valor del
trabajo es un grillete para el
desarrollo de nuestra
nación, además de ser mecanismo de polarización de la riqueza, ya de por sí terriblemente polarizada.
Resulta inhumano que se considere al
hombre como una “commodity” en el
mercado de oferta y demanda; es inhumano pagar a la mano de
obra tan bajos salarios por el hecho de que hay exceso de oferta. Estamos hablando de seres humanos que sufren hambre igual que nosotros, que tienen ilusiones igual que nosotros, que igual que nosotros quieren darles a los suyos un medio de
vida aceptable, y crear una descendencia fuerte y sana. Tratar el
mercado de mano de
obra igual que el
mercado de chatarra es injusto. Lo justo sería pagar la mano de
obra en relación a su participación en los beneficios finales de la
empresa, no de acuerdo a lo que se le pueda exprimir al obrero en su desesperada necesidad y abundancia de oferta.
Como la riqueza financiera es considerada el más alto valor social, ha desplazado otros
valores como la justicia, la comprensión, la honestidad, la compasión, la amistad, la paternidad, el patriotismo,
valores indispensables para la estabilidad social. La codicia ha hecho que se pierda de vista el camino a la felicidad individual, necesaria para la felicidad colectiva.
No es lo mismo tener estabilidad social porque la gente esté satisfecha, que tener estabilidad social porque la gente esté amordazada y falta de esperanzas.
Más artículos de Leopoldo Sánchez Zuber
Artículos de hoy en Lapalabra.com
| Fecha: 2006-01-09 00:00:00 | por: |