LA VIDA NO VALE NADA

El asesinato de los niños Peña
Fecha: 2006-03-22 22:48:26por: Leopoldo Sánchez Zuber (polozuber1@yahoo.com.mx)

“La vida no vale nada” Y muchos se lo creyeron. A los demás nos ha horrorizado el asesinato de los niños Erik y Fernanda Ishtar Peña, y la masacre perpetrada en su hermana Érika. En una sociedad centrada en el egoísmo y la codicia se queda en nuestra garganta un grito que no se oye pero se sufren sus consecuencias: “O te sometes a mi capricho o te asesino, a ti y a quienes traten de impedirlo”. La decisión de un joven de satisfacer sus caprichos a como dé lugar, exhibe una gran falta de valores.
¡Claro que sí!, Diego Santoy Riveroll es culpable, y también lo es el joven que hace unos meses masacró a su madre a batacazos porque no le dio dinero para la droga, y el otro que asesinó a toda una familia al Sur de la ciudad para robarla. No hay duda de que son culpables. Pero no lo son sólo ellos, lo somos todos, lo es nuestra sociedad por propiciarles los estímulos para desarrollar su egoísmo, su soberbia, su odio y el espíritu sanguinario que yace en todo ser humano. Porque esos tres jóvenes no sólo asesinaron, sino que lo hicieron con crueldad, con sus propias manos llenas de sangre, como se lo habíamos enseñado con las películas que les pasamos en los cines y por televisión.
Y sin embargo, no se puede hablar de valores sin que se considere beatería, oscurantismo, control, pérdida de libertad, extrema derecha. Alguien puede responder que asesinatos como los que cometieron Diego Santoy Riveroll y los otros dos jóvenes que menciono sí son censurables, pero es inaceptable el “rigor” de los demás valores.
El problema es que unos valores alimentan a los otros, y en el ámbito de la ética no podemos disociarnos, no se pueden vivir unos valores y despreciar otros sin que se llegue a un conflicto. El caos de inestabilidad en que ha venido a caer nuestra sociedad tiene varios orígenes, por un lado el materialismo que hemos heredado de Norteamérica, por otro las películas y programas televisivos de agresión, de muerte, de droga, de sexo que celebramos, y por otro más el manejo de la justicia en nuestro país. Ver que la justicia deja libres a ladrones que habían sido captados en grabaciones a la hora de robar, o el enriquecimiento “inexplicable” de tantos de nuestros gobernantes y de sus allegados ha sido causa de que nuestra juventud “aprenda” de ellos y piense “Si ellos lo hacen sin que les pase nada ¿por qué yo no?” Pero no sólo los jóvenes lo aprendieron, también los adultos hasta construir una sociedad apoyada en la tranza, en el soborno, en la injusticia. Nadie es tan tonto para no darse cuenta de que enriquecimientos monumentales logrados en seis años no pueden ocurrir sino robando en alguna de las numerosas formas en que en nuestro país lo permite el manejo de la justicia ante el poder o el dinero. Eso ha llevado a la sociedad a ver el delito con naturalidad, como un derecho. Porque en nuestro país el criminal no necesita encapucharse como el tradicional asaltante. Se puede ser ladrón dentro de nuestro degenerado sistema socioeconómico, político y de justicia, ladrón de cuello blanco que tras pagar una fianza con el mismo dinero que robó, pasea orondo por las calles, por los medios financieros, por los mejores restaurantes. Los ladrones de cuello blanco, como representantes de nuestra “alta” sociedad, dan la pauta, ponen el ejemplo de que se puede robar impunemente... si se sabe hacerlo. Y es fácil entender, sin justificarlo, que tratando de satisfacer sus pasiones de lujuria, de vanidad, de soberbia, de codicia de dinero o de lo que sea, la juventud los imite a lograr sus caprichos a cualquier precio, inclusive el del asesinato.
Al fin que la vida no vale nada.



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