PAZ SÍ, ¡CLARO!, CON JUSTICIA
| Fecha: 2006-07-22 11:09:21 | por: |
Ha sido significativa la respuesta al llamado de López Obrador ante el resultado de las elecciones. A primera vista parece que somos un pueblo altamente politizado, lo cual significaría que conocemos y analizamos
información pertinente sobre los candidatos, sobre la viabilidad de sus propuestas y, al menos superficialmente, las consecuencias que puedan tener sus estrategias y tácticas. No sé si estamos así de politizados, no lo creo, mas por ahora no me interesa averiguarlo, pues no pretendo hablar de política sino de la situación social de
México.
Sin demasiado análisis se percibe un gran malestar en nuestro
país como en el resto del
mundo, odio acumulado por la injusticia y
pobreza que durante generaciones ha sufrido un pueblo que, paradójicamente, confiando todavía en nuevas ofertas, entrega su
tiempo, su energía, su cansancio, su hambre, a esas convocatorias.
El problema de la
pobreza en
México tiene dos vertientes, una debida a factores internos, y otra a factores externos. Aunque atender los factores internos corresponde básicamente a nuestros gobernantes, no son sólo ellos los responsables de hacerlo, sino también el sector de nuestra
sociedad que goza de buena
salud económica y que, farisaicamente, suele llamarse cristiano. Juntos el
gobierno y la
sociedad somos responsables de darles ¡ya! verdadera solución a los más de 50 millones de pobres, pues como lo viene repitiendo Hélder
Cámara desde 1972, “...el superconfort de los satisfechos se paga con la miseria de las masas”.
Con esto no señalo a todos los
ricos, sino a aquéllos que justificándose en la arbitraria y criminal relación de valor entre el capital y el
trabajo, después de exprimir al pueblo sacan del
país sus utilidades.
Por fortuna también hay
empresarios cuyo
patrimonio está invertido productivamente en
México y que, además de dar
trabajo al pueblo, compensan adecuadamente a sus
trabajadores. Ésos son, desde todo punto de vista, respetables a pesar de que, en algunos casos, los abusivos lineamientos del
comercio internacional les impidan extender los beneficios de sus
trabajadores a lo que debieran ser.
La otra vertiente, la externa, está relacionada con la anterior, y responde a la perniciosa cercanía geográfica de
México con los
Estados Unidos, vecindad que ha causado un funesto colonialismo cultural y una dependencia nuestra hacia ese
país que, ventajosa y despiadadamente, maneja las relaciones
comerciales con
México fijándole bajos
precio a nuestras materias primas y muy altos a productos elaborados por ellos con esas materias primas.
Así, ante la pasividad de nuestros
ricos y la debilidad de nuestros gobiernos, el pueblo hambreado acude a estas convocatorias, pues ya no resiste el tipo de
vida que se ha perpetuado en ellos.
Poner a funcionar juntas las dos vertientes implica cambios en el sistema de
gobierno, en los principios socioeconómicos, en los
valores sociales, de modo que los
trabajadores participen de los beneficios de los
ricos en forma de buena
educación, sueldos satisfactorios, servicios públicos eficaces, participación no sólo en las utilidades de las
empresas sino con sus reclamos cuando las decisiones de la
administración los afecten negativamente. La verdadera felicidad individual sólo se logra con la felicidad colectiva, y la felicidad colectiva exige
paz, y la
paz, justicia.
Tristemente, cuando alguien pretende promover cambios que favorezcan al pueblo en el sistema de
gobierno y los principios socioeconómicos, los dueños de la riqueza y del
poder lo tachan de socialista, de comunista, de anarquista, de cualquier cosa. ¿Por qué no de cristiano? Después de todo lo que el
cristianismo proclama es lo que las masas piden. Quizá porque relegando nuestra responsabilidad social vivimos en una apatía y un conformismo que nos prohíbe arriesgar nuestra comodidad. Aunque a las protestas sociales suelen colarse vagos oportunistas, el grueso de las masas es gente desesperada por educar y nutrir adecuadamente a su
familia, por darle techo digno,
vestido,
salud,
seguridad, y sobre todo un ambiente amable, cosa difícil cuando faltan recursos para cubrir las necesidades básicas del hogar. Pero esos beneficios no han de concedérseles como eventuales limosnas, sino como producto de la actuación de una
sociedad y un
gobierno legítimamente establecido que con
leyes más justas reivindiquen la dignidad de cincuenta millones de nuestros conciudadanos pobres.
Paz sí, ¡claro!, pero es imposible sin justicia.
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