momentos varios

...instantes... búsquedas...
Fecha: 2007-01-20 01:08:08por: Vanessa Nieto Terrazas (io@lapalabra.com)


Suelo claro, pasillo angosto, piso de piedra pulida… blanca, paredes levantadas a poca distancia entre ellas sosteniendo un techo frío a lo alto. Poca luz. Podría decirse que dos personas pueden caminar por ese camino al mismo tiempo, pegados los codos, sincronizados los pasos. Poca luz… Sonidos sordos. Frases sueltas, ajenas, compuestas hace tiempo… algunas cantadas, otras simplemente pensadas en voz alta o mutismos.

La silueta de tu recuerdo en mi mente todo el tiempo presente, te miro como quien mira tras las persianas entre cerradas, no entre abiertas, te distingo, solo observo, ¿quién está realmente en ese pasillo, tú o yo? Poca luz, sin embargo un camino trazado de antemano, un par de dedos que se encuentran, se acarician y se entrelazan de momento, intermitentemente.

Poca luz… la figura de mi cuerpo sentado en un rincón abrazando mis piernas con el rostro levantado, recargada en la pared, solo observando, música bajita de fondo, yo manteniendo la respiración en el ya acostumbrado ritmo de cuerda floja, aferrándose a mi ecuánime escrúpulo que se despertó hace ya tiempo, una cuerda guía mis pensamientos y conclusiones, una vasija naranja, coloreada y cálida abriga mi corazón, le da hogar insospechado, la sostengo entre mis manos mirándolo y mirando lo que ocurre, lo acerco a mi pecho, lo disfruto y lo sufro todo al mismo tiempo y viene la pregunta que ya hiciste ¿por qué la inevitable tendencia a la nostalgia?.

Poca luz y la habitación de ventanas abiertas, dos ventanas que me enseñan el cielo al atardecer con las nubes aceleradas, las mismas de aquellas mis tierras sureñas las que me vinieron a visitar aquí en este el hogar de toda la vida, mientras sostengo mi cuerpo sobre mis pies descalzos y mis rodillas pidiendo descanso.

Media tarde. Cielo nublado, la Malinche me había prometido aroma de lluvia con viento del este; el sol antes de irse decidió convertir el cielo en océano con reflejos naranjas sobre texturas de nubes grises inminentemente a punto de romper a llorar, yo dirigía un volante inoportuno y fue demasiado tarde cuando pude mirar, lo intuí todo por el retrovisor… y no llovió, doble frustración… en realidad fue triple por páginas blancas y nada en la línea telefónica.

Volví a experimentar, pero ahora comprendiendo el funcionamiento, la extravagante claustrofobia entre el cielo tupido de nubes grises y el asfalto, comprendí el pánico y la soledad que brotan entre esto y además edificios altos, desconocidos, acentos extraños, realidades desesperantemente distintas, distancias letales y falta de hogar, todo esto de aquellos días que ahora me parecen ya lejanos… la claustrofobia se fue cuando el cobijo me encontró sobre un parquet y una ventana cerrada golpeada por fuera por la furiosa lluvia, mi habitación iluminada en segundos por luces eléctricas de choques que ya no me afectaban, ambulancias que no me tocaban, una ciudad enorme comiéndose sola que no me asustaba más, solo cobijas, almohada, hombros, cobijo, paz. El ruido se quedó fuera… Quiero que ahí permanezca.

Luces amarillas, barra con preguntas de tomar, escuetos cuadros colgados de paredes blancas, jazz… caras nuevas y mi presencia extraña en medio, miradas de ¿quién es? Y yo sorprendiéndome buscando encontrar a alguien que no existe, llevo semanas buscando una mirada en la calle que no encontraré nunca. Me pregunto todo el tiempo dónde está ese abrazo que me hace falta. Cierro los ojos. Me aferro a la cuerda.

Un atardecer naranja sobre las piedras que cubren el piso de la calle Juramento cubierto de hojas secas, un otoño a mi destiempo con temperaturas ambiguas y humedad. Mi corazón cantando sorprendido porque conoce y reconoce. Desde lejos se observa la espalda y las manos metidas en los bolsillos de los pantalones rotos de mezclilla y el sobretodo gris, los pasos lentos sobre la vereda y la mirada que viaja de paredes a plazas, de palomas a perros, de bancas a gente, de grama a cielo despejado… una sonrisa disimulada que no miro en la espalda pero siento, el reconocimiento de esa tibia soledad que ya no asusta, que hace caminar más serios y seguros los pasos, como los de aquella persona que aprende otro idioma y la salva, como los de aquella persona que aprende modismos, observa y absorbe, como aquél que aprende a nadar.
En eso ha de convertirse el asimilar la distancia inevitable, en saber que uno siempre está solo, pero lleno de contenidos, de abrazos acumulados, de sonrisas entregadas y reflejadas, de muestras de amor a manera de cada quien… de nuevos encuentros dorados y fantásticos que quedan y trascienden, que agradecen y confirman.
La grandeza de los instantes que acumulados les llaman vida.
La mirada partida siempre en lágrimas de emociones todas.
La eterna sed de vivir, de estar, de ser.
El perpetuo “pájaro en la garganta” que alguien me enseñó a nombrar haciéndome saber cómo se definía ese sentir de artista que no puede no expresarse, porque revienta por dentro cual bomba de tiempo perpetua, cuentas regresivas incesantes.

Pieles erizadas…

V.




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Fecha: 2007-01-20 01:08:08por: Vanessa Nieto Terrazas (io@lapalabra.com)