M I G U E L B E R N A L J I M É N E Z
UN ENCUENTRO CON EL MAESTRO
| Fecha: 2007-05-13 18:05:13 | por: |
Fue en 1943. Yo tenía 17 años y aún vivía en mi patria chica:
Mazatlán. Desde
niño había sentido atracción por la
música, no tanto debido a alguna aria de
ópera que hubiera escuchado, sino a las
obras de Chopin y de Beethoven que mi hermana Yolanda interpretaba estupendamente, y a las sonatas de Mozart que salían por las ventanas con rejas de fierro y persianas de madera del único foco de
cultura, de arte, de
sabiduría, de bondad y buen gusto que había en el puerto por aquellas fechas y no ha vuelto a haber igual: la
casa de Margarita Ramírez Urquijo, cariñosamente llamada La Nana Ramírez.
Ese año, a pesar del superficial espíritu religioso que nos caracteriza, había gran excitación por el cercano
congreso eucarístico que culminaría con la entronización de una efigie de la Purísima Concepción como Reina del Puerto y de los Mares. Después de vagar por las
playas entré a la
ciudad, y al pasar por la
iglesia escuché un sonido impetuoso como el rugir de un monstruoso: después de muchos años las expertas manos de un músico excepcional, Miguel
Bernal Jiménez, despertaban el órgano tubular de catedral. Junto con las voces del órgano se oían las de un coro de
niños. Aquella
música suplía los cascados intentos con que una anciana mazatleca solía armonizar las misas dominicales y que, una infortunada mañana, en el esfuerzo de perseguir un do de pecho, voló del coro, junto con la aguda nota, su dentadura postiza.
Entré al templo decidido a gozar de la extraordinaria oportunidad, y pronto aquella
música me produjo una emoción que no me había causado allí mismo el coro de Los Cosacos del Don. Lleno de curiosidad le pregunté a una
mujer que estaba junto a mí quiénes eran aquellos
músicos. Me contestó que el organista era un
maestro de
Morelia, que el coro era el de los
Niños Cantores de allá mismo, y que el himno que ensayaban era el de la Purísima Concepción.
Al término del ensayo me acerqué a la puerta que conducía al coro. Quería ver a los
músicos cuando bajaran, sólo verlos a distancia con la timidez, con el temor que me producía reconocerme en tan desproporcionada relación con ellos. De pronto apareció el
maestro. Caminé hacia él sin
poder hablar, y al notarme, él me abordó:
-Hola –me dijo amable- ¿te gustó el concierto?
Titubeando, pero decidido a que no se me escapara aquella presa salida de un
mundo que yo imaginaba sólo dentro de mis discos, le contesté:
-Sí, me gustó mucho –e impulsivamente agregué- Lo invito a cenar en mi
casa.
En aquél
tiempo en
Mazatlán, una invitación injustificada no era extraordinaria. Muchos
turistas cenaron en mi
casa después de un par de horas de haberlos conocido. Eran
tiempos de confianza y espontaneidad.
Sin embargo, el
maestro me miró sorprendido, y como no me respondía, volví a la
carga:
-Pasaré por usted a la hora que guste. Sólo dígame dónde está hospedado.
-Vengo con mi esposa y mis dos hijos –respondió titubeando pero sin rechazar la invitación.
-Entonces será mejor que coman los cuatro en mi
casa mañana a medio
día.
Cualquier otro habría desconfiado de que un muchacho aborigen, quizá mezcla de yaqui y mayo, lo invitara a comer quién sabe qué platillos en quién sabe qué lugar con quién sabe cuales otros comensales. Pero no fue así. La desconfianza no iba con la serena actitud que el
maestro Bernal le mostraba a quien lo necesitara o simplemente deseara acercársele.
-Y tus padres... ¿estarán de acuerdo? –me preguntó aceptando implícitamente.
Yo le aseguré que sí, y lo dije con tal aplomo, que al siguiente
día, a la una de la tarde, recogía al
maestro, a su esposa doña María Cristina Macouzet y a sus dos pequeños hijos para llevarlos a mi
casa.
Sin conocer ni importarle el tamaño intelectual y artístico del invitado, mi
madre estaba lista con un sabroso menú a base de mariscos. En ese momento tampoco yo sabía que mi invitado era uno de los
músicos más grandes de nuestra patria. Para mí sólo era un organista cuya habilidad me había impresionado y me había caído bien como persona.
Después de las presentaciones y bienvenidas, mi padre habló con el
maestro sobre la situación política de entonces. Recordó que durante la Revolución su
familia había sido víctima de bestial saqueo, y mi
madre mencionó que ella había sufrido el asesinato de su padre. Además, se habló de que en 1929 ambos habían sentido la resaca de los asesinatos con que Plutarco Elías Calles y sus huestes habían acribillado en
Culiacán al pueblo que pretendía llevar a la
presidencia a José Vasconcelos.
El resto de la tarde hubo
música viva: mi hermana, entonces de quince años, tocó al piano el primer movimiento de la sonata Appassionata da Beethoven, y el
maestro Bernal tocó varios villancicos que nos enseñó a cantar mientras él nos acompañaba al piano.
Esa tarde descubrimos algunos méritos del
maestro. De hecho, sólo una porción menor comparada con los que realmente tenía: supimos que era el autor del hermoso himno a la Virgen Reina del Puerto que yo había escuchado la tarde anterior; que componía
obras para el órgano –nunca imaginamos qué cantidad y de qué calidad-, y que tenía particular devoción por los villancicos. El único villancico que recuerdo de aquella ocasión es el titulado “Por el Valle de Rosas”, pues nos gustó tanto que lo repetimos varias veces.
Ya para despedirnos, mi padre le ofreció el silencio y la
paz de una quinta que teníamos junto al mar, por el Paseo Clausen, donde había un quiosco en el que el
maestro podría escribir su
música o sus
libros. Y aceptó.
A partir de entonces, por las mañanas el
maestro iba a
casa de La Nana Ramírez a platicar con ella y a componer (se me ocurre que el Cuarteto Virreinal), y a verificar en los pianos de La Nana algunos pasajes. Por la tarde yo iba por él, lo llevaba a la quinta de mi padre y lo dejaba allí unas tres horas, concentrado ante un paisaje que empezaba con un mar bravo, sonoro y rebelde, y se continuaba cada vez más plácido hasta las remotas Tres Islas, junto a las cuales el sol lanzaba un rayo de luz verde al ocultarse. Un par de minutos después, las nubes, “arrebatadas en rojos torbellinos”, armaban monumental incendio.
Sólo mucho después me enteré de que Miguel
Bernal Jiménez había fundado el coro de los
Niños Cantores de
Morelia, tan bueno o mejor que el de los
Niños Cantores de
Viena, y de que era autor de una amplísima
producción musical de la que sólo mencionaré algunas cumbres, como la majestuosa Sonata de Navidad, el “Álbum Catedral”, que el compositor y musicólogo Tarsicio Herrera Zapién considera equivalente al “Álbum para la Juventud” de Schumann, del que el mismo Schumann confesó haber recibido más satisfacciones que de sus
obras grandes. Y hablando de la grandeza de las
obras menores de
Bernal Jiménez, mencionaré que Plácido Domingo hizo un recorrido por toda
Europa cantando el villancico “Por el Valle de Rosas”, y más tarde volvió a cantarlo en
Viena en su concierto navideño de 1996; además, en un festival de coros cantó su Aleluya en Sol un conjunto de 200 voces.
Aunque el catálogo de
Bernal Jiménez es extensísimo, nunca he encontrado referencias al hermoso himno que le compuso a la Virgen de
Mazatlán. Entre sus grandes
obras no religiosas se cuenta una
ópera cuyo tema es la epopeya en que Vasco de Quiroga protegió a los indios de
Michoacán. Magnífico libreto y excelente
música. Sin embargo, como el tema reconocía la labor humanitaria de un franciscano, y la
música había sido escrita por un compositor abiertamente
católico, nuestra burocracia fundamentalista del laicismo prohibió su presentación en el
Palacio de
Bellas Artes, pretextando que despertaría el fanatismo religioso. “Eso –se dijo- es “contrario a la
Constitución mexicana”. No obstante, la
ópera se presentó exitosamente en el
Teatro Abreu durante poco menos de un mes, con lleno total en todas las presentaciones y escenografía de Alejandro Rangel
Hidalgo. De allí pasó a
España, donde fue entusiastamente aclamada por el público y por la crítica.
Además de su
música,
Bernal Jiménez compitió contra el autocrático partido entonces en el
poder para un puesto de elección popular, escribió 173 artículos y 11
libros, unos sobre armonía, otros sobre composición, y otros más sobre diversas disciplinas
musicales,
libros que se han utilizado como textos en
escuelas mexicanas y del extranjero. Yo mismo estudié armonía en su texto.
A le fecha guardo un bello recuerdo del
maestro Bernal Jiménez, de la grandeza de su
música, de su mirada dulce y profunda, de su plática generosa, de su imponente presencia. Y hasta hace poco guardaba los originales de unos de sus villancicos que él mismo me regaló.
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