edificios
y otros cuentos.
| Fecha: 2007-07-29 22:02:55 | por: |

He hablado de lugares, de silencios.
He hablado de lejanías, de pertenencias,.
He hablado también de
hogares, de
amor y
amor a la
vida -¿no es acaso lo mismo?- he gritado por
amistad, he recibido luces.
He suplicado por
paz, de pronto la encontré.
Vienen las olas altas pero no logran ahogarme, de pronto con lágrimas, de pronto con voces las aplaco y bajan, la marea se reconcilia conmigo y deja de cubrir mi
cuerpo, me ve impávida por la nueva
paz que he decidido abrazar con más fuerza que nada.
He hablado de destino y abro bien los
ojos para descifrar lo que deja el paso sesgado del sol por este
cielo azul del hemisferio sur, a través de los
días, a través de las noches.
Había luna llena aquella mañana en que mi
madre tomó su
avión de vuelta a
casa, a mi
tierra. Estaba en cuarto creciente la madrugada que mi
amiga regresó también a aquella
tierra llena de gente que habla como yo.
Esta noche hay luna llena y llena de luz azul la habitación pequeña, donde habita un nuevo personaje de ficción, uno de esos que me invento para
poder transitar de maneras diferentes esta soledad compartida, se llama Fabrizzio y es un títere mono que me exige algunos minutos al
día para
poder manejarlo con maestría. Nunca dejaré de hacer intentos por encontrarle la
magia este
mundo. Revolotear... Aletear.
Le doy "una seca" a mi cigarro mentolado que de a poco me deja ligero malestar de cabeza -pero no dejo de fumar! Terquedad de
humano no iluminado- Otra vez Bosé de fondo. Ya no, ahora Mecano, es cierto que existe ese
poder en cada uno, de elección como
cambiar una
canción.
Para revivir el
pino que moría en mi balcón (no se si de frío, no se si de poca
agua o por demasiada, no se si por falta de charla) le tomé por el tronco con mis manos protegidas por guantes, lo giré como quien descogota un pollo y con un cuchillo grande en mi otra mano, como ayudante, solo se escuchó un crujido seco, corto, café, se liberó 10 cm. arriba de la
tierra y dejé solo la parte que quedaba viva, (una ramita que crecía del mismo tronco pero que por accidente había quedado enterrada, accidente que le salvó la vida) me había sentado a esperar que muriera, leyendo un
libro (otra vez) lo miré y me di cuenta. Tiré a la basura lo muerto limpié lo que le quedaba de verde que aferré más a las raíces.
Volví a sacar
fotos en la
ciudad fingiendo ser
turista.
Espanto el miedo a las calles que surgió desde aquella tarde que, a plena luz del
día, sentí como una mano revoloteaba en mi bolso y mirando sorprendida encontré los
ojos sombríos y desafiantes de una niña que no se inmutó ante mi descubrimiento. Paradas la una frente a la otra y yo revisando con mis
ojos sus manos me insultó. Rabia. Impotencia. Insultos de vuelta (cuidando usar
palabras que ella entendiera claramente), y de no ser por mi tobillo recién
lastimado y los más de cinco
metros que nos separaban ya, la hubiera sacudido con mis dos brazos y mis 50 centímetros de altura que la superaban, con toda esta impotencia y rabia que a veces nos despiertan estas grandes ciudades con tanto ruido, tanta gente, tanta inconciencia, tanto desmadre, tanta automatización, tanto subte, tanto colectivo, tantas marchas, tanto todo, ¡tanto todo!. A la rabia le siguió la pena, le siguió el pesar de abrir los
ojos y darme cuenta de la edad y las circunstancias de mi, de pronto, enemiga, que encima no estaba sola, más
niños, más
pobreza, más odio en los
ojos de aquellos que no tienen infancia y salen, solo ellos saben impulsados por qué y por quién, a pescar en las multitudes lo poco que puedan... para llevarlos a solo ellos saben dónde, para que les dure un instante, lo mismo que duró la dinamitada sensación que explotó en mi al verla y no comprender en ese instante, al verla y solo reaccionar.
¿A dónde va este mundo?
Ella vive con ese miedo, a mi me regaló un cachito que todavía conservo cuando doy la vuelta a mi bolso para tenerlo frente a mi desde que bajo las escaleras del subterráneo y miro para todos lados.
¿Quién es la verdadera víctima de esta
vida de masas, de falsas promesas? De gente desesperada viviendo sobre más gente desesperada que corona a también desesperados que bajo esa situación prometen
soluciones desesperadas.
Los edificios de “capital federal” no me dejan ver los atardeceres y a cada
persona que vuelve a mi, todavía pacífica,
ciudad de
Puebla le digo que disfrute en mi nombre al Popocatepetl y al Iztacihuatl con ese sol escondiéndose en sus espaldas a las 6 de la tarde, regalando esos naranjas, esos violetas, esos azules distintos y esa brisa siempre fresquita.
V.
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| Fecha: 2007-07-29 22:02:55 | por: |