¿por qué el teatro?

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Fecha: 2007-08-08 12:35:15por: Vanessa Nieto Terrazas (io@lapalabra.com)

"La obra de teatro debe ser una imagen justa y vivaz de la naturaleza humana."
John Dryden


Anoche.
22.30 horas.
Camino a casa.

Llovizna.
Caminar en la calle retando al viento era meterse entre filos de hielo.

También frío en el interior. Descubriendo mi cansancio de ser "la extranjera" del "¿y vos de donde sos?", de caer en la cuenta de que, aún con tanto tiempo, hay códigos que nunca compartiré.
Entendimiento del por qué muchos sueltan su propio acento, se adaptan renunciando un poco a si mismo. ¿Podré? ¿Querré?

Ser extranjero puede compararse a tener el corazón siempre levantado; como aquel que recorre un barrio que no conoce y lo transita de noche y solo, ojos bien abiertos, sentidos alertas, alta capacidad de sorprenderse pero sin perder el control. El oído se aguza para escuchar los propios pasos y los ajenos (todos) y no bajas la guardia. A cuestas tu sentido de orientación, a cuestas tu más viva inteligencia para aprender las técnicas de nado en aguas desconocidas. Después de cierto tiempo te das cuenta que tu corazón, tu cuerpo y tu mente no han descansado porque no se puede descansar, porque no existe más ese momento en que llegas a tu casa prendes la televisión y te olvidas de todo porque también en la televisión te hablan como hablas tú. Valoras la confianza de cerrar los ojos sin temor a nada, abandonando tu peso sobre los resortes de tu cama.

Ser extranjero es cuando nunca te dejan olvidar que eres distinto.

En este ser distinto que me ha perseguido en el curriculum de mi vida, también pensaba en el ¿por qué el teatro?

Este complejo arte en que el lienzo, el instrumento, el mármol es uno mismo y su cuerpo, es la psique, los complejos, lo que uno es y no, lo que puede dar y no. Esta “disciplina” en la que, sobre las tablas, te expones, desnudas tu mirada creyendo ser alguien más cuando realmente también eres tú, ese tú que no enseñas, ese tú que no quieres, ese tú que se sabe sabiamente parte de todo el universo y comulga con él en ti, ese ser que aprendes a amar a base de golpes en el ensayo, de golpes de texto, de golpes de adrenalina, de miradas en el espejo.

¿Por qué el teatro?
Este arte que sin el otro no existe (por más monólogo, hay un director y por más auto dirección, sin que el otro –un espectador- lo vivencie, lo observe, no se completa la actividad teatral), este arte que forzosamente obliga a confrontar con otros la disciplina, el bagaje, el compromiso, el nivel de respuesta. Que exige calibración de energías porque invariablemente cuando el telón se abre, se abre también esta dimensión en donde todos, ciegos y no, despiertos y dormidos perciben (aun sin saberlo) lo que es real y lo que no es, lo que pasa y lo que solo se finge que pasa; diálogo múltiple de energías que fluyen (o no) y confluyen (siempre).

¿Por qué de todas las artes elijo esta?
Si bien no priorizo mis fotografías, también hace tiempo que dejé el grafito de lado, el cello y el arco los dejé descansar para “trabajar”. Decidí el cambio para chapotear en el Teatro. Paradoja perpetua la de este arte que exige auto conocimiento profundo para lograr trascender y es donde más egos se encuentran “laburando” hombro con hombro o ¿codo contra codo?.

Repugnancia la que me provoca el encontrar malos entendidos tan grandes de auto exhibición patética y egoísta de vacíos, de inconciencia, cuando debiera ser entrega de uno mismo buscando lo mejor de sí. Pero la inseguridad debajo de la piel es tan grande y la necesidad aceptación, los narcisos chapaleando en sus charquitos tan abundante que esto es lo que ofrece el teatro a primera mano.

Para mi el arte es reflejo de hoy, siempre lo ha sido a lo largo de la historia.
Este nivel de inconciencia que como tierras movedizas pantanosas nos arrastra a un fondo borroso, se refleja en mi realidad teatral en donde encontrar gente enfocada cuesta y demasiado, en donde la producción es tanta que asfixia y desorienta y, al mismo tiempo, se vuelven tan subjetivas las representaciones, que opinar es tan arriesgado como herir la más vulnerable de las susceptibilidades. La otra opción es que el arte se vuelve un código que solo unos cuantos pueden descifrar y cualquier persona que salga de tal selecto círculo queda fuera de la experiencia teatral, la vivencia se convierte en una gran, larga y cansada adivinanza o únicamente (si por suerte da el caso) un deleite estético, cuando se debiera aprovechar en el teatro su capacidad de abrazar al espectador (si bien una exposición de cualquier otra manifestación artística impacta, no interactúa ni estimula como lo hace la obra teatral, por ser elementos humanos con voz, tiempo, cuerpo, sentimiento, movimiento e historia dirigido a quien observa) aprovechar y sacar jugo al teatro con todas su facultades para provocar algo que mueva alguna fibra, para llegar a lugares intensos que transiten experiencias sin discriminar.

Sigo creyendo en aquella “catarsis” que no se descuidaba en los orígenes de los tiempos de esta actividad sagrada y hoy manoseada llamada Teatro.

¿Será que todo se rompe y que no puedo verlo? ¿O será que todo se reduce y no me gusta aceptarlo?


V.



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Fecha: 2007-08-08 12:35:15por: Vanessa Nieto Terrazas (io@lapalabra.com)