vuelo
romper estructuras es encontrar un nuevo mundo que sorprendentemente ya conocíamos
| Fecha: 2007-08-31 13:42:40 | por: |
Libros que nunca he leído.
Historias que habitan en mi cabeza sin avisarme y que muestran sus orillas cuando no lo espero.
Mi espíritu que como sube... baja y vuelve a subir...
El ritmo de mis latidos que pide
música.
La inpermanencia de la genialidad, cual caída de hojas secas... en
invierno.
El afán de atrapar la
magia de la prosa me tiene con un ojo abierto todo el
tiempo.
El paisaje de edificios y ventanas infinitas es ya parte de mi y pedimos con los
ojos cerrados que se vaya esta dama de azul que tortura la
piel a pesar de los tapados.
Sobre
vuelo las azoteas algunas noches (sobre todo de luna llena) parto de aquí y como la distancia no existe llego a aquella, la de construcciones más bajas, de la que conozco como mi mano sus calles, la de las dos grandes
torres de catedral. Mi
corazón se expande de nuevo y reviso a mis queridos y queridas en los escenarios donde imagino que están en ese momento. Visito mesas de cafés con luces amarillas y
bebidas frías en vasos de unicel, miro charlas fluidas y piernas cruzadas. Salgo del lugar. Cruzo la calle de árboles en delgado camellón y sobre
vuelo la
iglesia de enfrente con techo inclinado, sigo hacia los volcanes y me detengo en la
casa de la esquina, la observo un momento con su portón
blanco y su textura rara. Entro por las ventanas con barrotes, esa que siempre está
medio abierta y es pequeña y tiene cortina blanca y acaricio a ese perro que tanto amo, levanta sus orejas y me ve sin verme y suelta un ruidito gutural y me deja ir inconforme, cruzo por el arco y la veo a ella sentada en su cama hablando por
teléfono, pantuflas, pijama de pantalón, crema en cara, piernas cruzadas y la
televisión prendida... le doy un beso. Acaricio a ese otro perro que extraño y duerme junto a ella en esa cama. No hace mucho caso. Llego a la otra ventana del frente y me asomo afuera y recuerdo tanto que es demasiado. Me volteo... Visito mi habitación, no duro ni un minuto ahí, cómo puede estar uno en su habitación cuando no está ahí, mi alfombra azul y ese olor de "ya no estas" me saca, mis cortinas de
cuadros lloran y ese
cuadro que sigue ahí colgado ya no dice nada a nadie. Vuelvo al hall y acaricio la cabeza de mi hermano con mi mirada, él frente al televisor. Salgo por la azotea y brinco para sobre
volar de nuevo y llego a ateliers que ya no conozco pero, sin saber bien dónde, la encuentro y sigue pintando, colillas de cigarros en el suelo, una lata de coca vacía, o varias, sobre piso
blanco y frío, una ventana grande tapada con
papel de color... Me paro tras su espalda inhalo el olor a óleo y rozo su hombro. Salgo pego un brinco y vuelvo al
vuelo, voy sola al zócalo, dejo que las hojas de los árboles altos me acaricien las piernas mientras miro campanarios iluminados con luces amarillas y azules. Es
septiembre, ya todo está verde,
blanco y rojo y otra vez no gritaré con ellos.
Brinco de nuevo y
vuelo... llego a las 14.30
hora de
Buenos Aires, tampoco existe el
tiempo. Escritorio. Luís
Eduardo Aute. El pavo (mi computadora), mi té frío, un paquete de galletas saldas abierto y semi vacío, cuatro cigarros sueltos junto a la taza y postales. Un calendario...
Una paloma gris se para en la reja de mi balcón planeando a dónde volver a
volar, tal vez buscando a otra paloma. Yo me doy cuenta del aire que entra por mi
nariz y del frío en mis dedos, canto un poco, vuelvo a este instante que parece existir fielmente. Que se acaba de ir. Y que se sigue yendo.
Estoy ahí. Acá. Mi pregunta es cómo aprehender todo eso en estas formitas que tú lees... y yo escribo y luego leo…
V.
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