Racismo en Arizona
| Fecha: 2008-02-21 15:53:42 | por: |
Phoenix,
Arizona.- El dinosaurio antediluviano del racismo —aparte de sobrevivir
siglo tras
siglo y generación tras generación— no cesa de carcomer las
relaciones humanas, convirtiendo a individuos mortales en enemigos acérrimos en base a diferencias de todo tipo, pero en último caso, irrelevantes frente a la
realidad de
vida y lo inevitable de la
muerte.
Todos nacemos mediante el mismo
proceso, y tan pronto como vemos la
luz del sol y respiramos el aire, comenzamos nuestra cuenta regresiva a nuestra cita —tarde o temprana— con la
muerte. Que los filósofos y eruditos más brillantes sobre la faz de nuestra contaminada y calentada aldea
global se encarguen de dilucidar acerca de esos grandes dilemas de la
vida y de su fin. A nosotros, en la calle, en el
trabajo y en cualquier otra
avenida de la
vida, la
filosofía poco nos ayuda, poco nos defiende en el difícil
navegar de las
relaciones humanas. Poco, porque el racismo es un vetusto, destructivo —e indestructible— y contemporáneamente paleolítico dinosaurio.
En
Arizona —como en muchas otras partes del planeta— ese dinosaurio es alimentado lo mismo por comunes
ciudadanos como por ambiciosos
políticos. Lo alimentan con el desprecio y el odio que sienten por
personas que son diferentes a ellos. Lo nutren con su temor a ser la minoría y su miedo a aceptar que el color de
piel es sólo un aspecto exterior que no tiene que ver nada con el
talento ni con la
inteligencia.
Pero lo mismo que lo alimentan y lo nutren, al racismo lo disfrazan con excusas de legalidad e ilegalidad. Lo camuflan con su disimulo y su tendencia a llamarle a las cosas malas
buenas, es la prueba más fehaciente de su desprecio por otra razas. Los verdaderos dinosaurios se extinguieron de la superficie de la
Tierra; el racismo no. Vive, se mueve, destruye y carcome con libertinaje en sociedades como las de
Arizona, en donde la política en contra de seres
humanos desposeídos y desterrados —sea por la miseria, por un desastre natural o por la persecución política— es la manera
oficial encubrir la abominable
cara del racismo.
En
Arizona, los supremacistas blancos, neo-nazis y cabezas rapadas —con el respaldo descarado de
senadores y otros
funcionarios públicos de este estado— quieren a las malas, usando
leyes injustas y supurando odio en tribunas públicas, diezmar la presencia de
inmigrantes a quienes ven como una amenaza étnica en las
tierras que sus ancestros arrebataron de
México con la excusa de una guerra y por su ambición llamada destino manifiesto.
Hoy, en
Arizona, los
políticos y
grupos racistas han institucionalizado su odio en forma de
leyes y ordenanzas que van en contra del indocumentado con la excusa de que no tiene
papeles.
Por décadas, y más marcadamente en los años 50’s y 60’s, los racistas podridos en su odio negaban la entrada a las
escuelas a los estudiantes de raza negra, después de que el
gobierno federal había ordenado la de-segregación de las
escuela públicas. Lo hacían no por que no fueran
ciudadanos, sino por su
piel negra.
Hoy, la supuración racista perpetra la misma mentira y el mismo odio —si bien más sofisticado y más enmascarado— para prevenir que estudiantes que no nacieron pero que han
estado la mayor parte de su
vida en los
Estados Unidos, continúen cursando
estudios superiores con asistencia del
gobierno para sus colegiaturas.
Hoy,
Arizona está infectada de odio, racismo y discriminación. La misma gata nomás que revolcada.
El racismo no está demarcado por ninguna
frontera política; su veneno infecta en cada uno y todos los rincones de la
tierra. No es
exclusivo ni reservado a ciertas áreas del
planeta. El racismo es
humano. Se expresa en las emociones de
hombres y
mujeres que fueron educados culturalmente para odiar, pero también corre en la genética ancestral, transmitida como una
enfermedad por quienes odiaron en
tiempos pasados, y expresada
hoy por sus retoños. Así ha sobrevivido el racismo. Ha sido de esa manera engendrado y cultivado. Así continua su estela destructora
hoy, en sociedades racistas como las de
Arizona.
* * * * * *
Eduardo Barraza Hernández es Fundador y Director del Instituto Hispano de Asuntos Sociales,
editor de la revista bilingüe “Barriozona,” y autor del
libro “Los
zapatos del inmigrante y otros
escritos.”
www.hisi.org/eduardo.html
www.barriozona.com
Derechos Reservados por el autor ©2008
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