La locura de la homosexualidad

Fecha: 2008-05-22 12:24:34por: Carlos Seijas (carlosdaseixas@yahoo.com)


Hace más o menos un año, con el fin de elaborar un trabajo para el coloquio de universos coloniales que se llevó a cabo en la Universidad Rafael Landívar, me topé con un caso muy curioso ocurrido en la Santiago de los Caballeros de Guatemala del siglo XVIII, el caso de don Joseph Quintanilla. A don Joseph se le acusaba de de inquietar a la torpeza de la sodomía a algunos sanos jóvenes del valle. Para no hacerles larga la historia, el cabildo en vez de acusar a don Joseph de sodomita y verse en el engorroso trabajo de levantarle juicio inquisitorial y enviarlo a Nueva España, prefirieron declararlo loco y recluirlo en el hospital, de donde posteriormente escapó con cierta ayuda del encargado de recinto. Loco, llamaron a don Joseph, por "hacer cosas que se hacen en todo el reino", declaraba muy cándidamente ante sus acusadores. ¿Ha cambiado en algo la visión que tenemos de la homosexualidad hoy en día, 300 años después de don Joseph? Como tentempié, les contaré una historia, no de hace 300 años sino de la Nueva Guatemala de la Asunción, de hace muy pocos meses.
Una "amiga", a la que conocía con el nombre de Yesenia, decidió dejar la "mala vida" que profesaba, pues acostumbraba a vender en horario nocturnos, carnes en la quinta avenida, puntualmente, sus carnes. Se trata de un muchacho travesti que bajo el nombre de Yesenia, trabajaba vendiendo sus servicios sexuales. Como les comentaba, Yesenia decidió dejar su vida de pecado y en un culto en una de las mega iglesias de tanto crecimiento en nuestro medio, pidió que le impusieran manos. Se acercó tambaleante al pastor, nerviosa, sudando, en cuento éste invocó los poderes de todos los cielos y el mismísimo altísimo, Yesenia no pudo más y cayó al suelo convulsionando. Una vez "incorporado" declaró a los cuatro vientos y a todo pulmón: ¡hoy a muerto Yesenia!. Una conmovedora historia ¿no les parece? Lo curioso es que aún queda una parte por contar. Una semana después de este acontecimiento místico de transformación, de transubstanciación de las carnes, resulta que me encontré a Yesenia, aún como Yesenía, con curiosidad y con cierta picardía, he de decir, le interrogué "¿no que había muerto Yesenia pues?", y me contestó con una gran sonrisa en el rostro: "¡murió Yesenia, pero nació Yulisa!". Así es la realidad de las personas que pertenecen a estos grupos marginados, podríamos decir inadvertidos por negación de la sociedad. Nadie quiere saber de ellos. Muchos son los que mueren de la enfermedad maldita, pero en el registro aparecen como por paro cardiaco. Queremos verlos como locos, como deviantes, pero la verdad es que son parte de nuestra sociedad. Trayendo de vuelta el caso de don Joseph Quintanilla, el loco sodomita, nos permite explorar a lo homosexual, en nuestra cotidianidad adentrarnos en un poco trascendental hecho para la historia del Reino de Guatemala, mas vital para entender esa nuestra Guatemala, esa que nunca cambia, esa del día a día, en la que vemos a Quintanillas entre nosotros siendo juzgados, apresados y finalmente etiquetados de locos, desviados, anormales, la Guatemala colonial, cristiana, católica y romana que llevamos dentro y que vela la comprensión de nuestro par, del otro, que a la vez se refleja en nosotros mostrando esa inserción que tanto el cristianismo medieval como el capitalismo de nuestra globalización, nos niega un acercamiento al sujeto. Tal como en el colonialismo del Siglo XVIII, nuestro "colonialismo" del Siglo XXI, mantiene una moral anoréxica, desentendida del sujeto y sumergida en los semblantes, esa que se permite el buen cristiano, de embaucar al prójimo, de dominarlo, reducirlo a cosa, a objeto, de engañar y desterrar de su inconsciente toda la ética del sujeto, paleándolo con la pastilla de la confesión u hoy en día de las tantas terapias que pululan en el mercado, pues así como una buena confesión lo eximia al peculus colonial dejándolo imaculus, ahora las flores de Bach, la aromaterapia y hasta la cristoterapia nos eximen de nuestro más grande peculus, haber cedido en nuestro deseo, siguiendo el del discurso del amo, que nos manda a hacer al prójimo lo que no queremos que nos hagan a nosotros, y sintiéndonos recompensados con un apetitoso combo terapéutico que nuestro actual amo, nos dice nos dará felicidad; ergo: gocemos tachando a los demás, borrándolos, metiéndolos en el armario, dejando que el gran Otro juzgue a aquellos abominables hombres y mujeres de todos los tiempos.


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Fecha: 2008-05-22 12:24:34por: Carlos Seijas (carlosdaseixas@yahoo.com)