mi casa
julio 11, 2008. 11.04 hs.
| Fecha: 2008-07-11 16:20:51 | por: |
Ya veo mi mirada sorprendida de
leer esto en un “futuro” y sentir esta
fecha lejana tratando de recordar este
día. Este
día nublado en que a las 11 de la mañana me senté en esta mesa de este
restaurante típico en su estilo de los
restaurantes de
Buenos Aires. Esta mañana de hacer trámites burocráticos la he vivido curiosamente conmovida por el simple hecho de estar aquí, de recordarme hace mas de dos años ATERRADA en el
aeropuerto confesándole mi pánico entre lágrimas y un abrazo a mi hermano (todavía lloro recordando eso…).
De pronto me detuve entre la
gente, entre esa multitud apabullante y excitante que cruza la
avenida 9 de
julio a la altura de Corrientes, en ese camellón de la gran
avenida me detuve, hice un stop. Giré a la izquierda y levanté la mirada para ver el obelisco de pies a cabeza y cerrar el
cuadro con esas nubes que casi siempre vuelan bajo aquí en el sur. Me senté en un macetón con los
ojos cubiertos con barniz de lágrimas tibias y me sorprendieron cinco o seis
cámaras fotográficas asomándose detrás de los vidrios de un
camión de
turistas (de un colectivo), me imaginé siendo enviada por
mail hasta
Irlanda -o qué se yo a dónde- como extra en una foto cliché de la
ciudad de
Buenos Aires, cuantos retratos de extras no tengo yo en tantas
fotos (algunas veces sus expresiones me llaman la atención). Cuando el semáforo cambió me incorporé a la multitud con una sonrisa y terminé de cruzar la
avenida.
Al llegar a este
país no podía pronunciar rápido “Pueyrredon”, cuando llegué no sabía diferenciar una media luna (cuernito de pan) de
grasa de una de manteca. Cuando llegué pensé que todos los
niños que pedían
dinero en el subte (metro) saludaban de beso como el primero que me topé el
día que aterricé y empecé a buscar MI CASA… Cuando llegué amaba la pregunta “¿y vos de dónde sos?” que todos los
días escucho desde hace más de 700
días. Cuando llegué me intimidaba la combinación de frío, neblina,
cielo amarillo verdoso y edificios altos del largo
invierno, de mi eterno
invierno. Cuando llegué me sorprendía la cantidad de
gente mayor yendo sola al
cine, al café, al
teatro, así como la contradictoria cantidad de geriátricos; me fascinaba esta raza de
gente bonita porteña, pero sin raíces. Todas aquellas emociones que eran cuando llegué ahora no lo son más, se transformaron.
Estar aquí me hizo comprender la
sociedad que es determinada por su
historia y viceversa y, a su vez, comprender mucho más la
paz de mi
país, de mi
gente, esa
paz que roza muchas veces la desidia o la extrema sumisión.
Solo una cosa es todavía como era antes: mi
corazón que late a mil cuando sobre
vuelo esa hermosa
ciudad de México y regreso a mi
tierra y cuando, como
hoy, pienso que en un par de
días me visitará mi gente…
Cuando mi
casa viene a mi
casa.
V.
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