Cataláctica corpórea
| Fecha: 2008-07-15 11:53:32 | por: |
Hoy lo que tenemos en común no es el lazo
social ni el lazo
político ni el
religioso, sino nuestro
cuerpo, nuestra biología. Hemos transformado el
cuerpo humano en un nuevo
dios: el
cuerpo como última esperanza de definir el bien común. A mí me parece que esto es el prototipo de las falsas creencias. Ahora que no está más la garantía de
Dios hay una garantía en el
cuerpo. Este es, supuestamente, el fundamento de una
ciencia de la felicidad. Gracias a las
nuevas tecnologías, los
neurólogos nos ofrecen imágenes en las que podemos ver el centro de la felicidad. Eso es muy fascinante. Sin embargo, las respuestas rápidas que ofrecen las neurociencias a los
conflictos psíquicos son falsas. En nuestra
sociedad existe la idea de que todo puede ser reducido al
mundo técnico. Es un protocolo maquinista. Un ejemplo del espíritu mecanicista de la época se puede ver en la actuación de
Estados Unidos en
Irak: Intentó constituir un
Estado democrático, en un
laboratorio. Pasó del modelo de
laboratorio al
país sin pensar en la
gente. Esta concepción técnica del
mundo no deja de producir catástrofes. Se puede describir a la
civilización actual como individualismo de
masa. Esta
sociedad genera, según sus dichos, excesos y exclusión. ¿Qué respuestas tiene el psicoanálisis para los marginados del sistema? Los marginados son sujetos que están excluidos de la relación
económica. Los cartoneros, por ejemplo, tratan con los restos que quedan del consumo: ellos mismos se encuentran reducidos a eso. Tratan con lo excluido y son excluidos. El objeto fundamental producido por nuestra
civilización es la basura. Y estas
personas son, de la misma manera, usadas y rechazadas. Lo que decimos frente a estos modos de expulsión es que los excluidos no lo están en el plano de la
lengua. Hablan, son seres
humanos, son seres parlantes. Se les puede recuperar dándoles la
palabra. A pesar de que no tienen
poder adquisitivo, tienen el
poder de encontrar una
solución. Esta imposibilidad de acceder al consumo genera
violencia. No es que haya más
violencia, sino más
tecnología de la
violencia. Se ha construido una
sociedad de vigilancia generalizada; entonces, se genera más
violencia, para superar esas defensas. Es una cuestión de
tecnología. Nos rodea un
mundo tecnológico donde la
violencia se vuelve más eficaz en su carácter destructivo. Es una eficacia negativa, es pulsión de
muerte, la parte maldita. Entre las víctimas de esta
violencia, los más débiles son los
niños. Los chicos pueden sentirse abandonados a sí mismos y a su propia
violencia. Hay algo vinculado a la condición humana en esta
violencia. El
hombre es un
animal violento. Los
niños se sienten abandonados a la
violencia que tienen en ellos. Antes se los mandaba a la guerra; ahora se los manda a las
escuelas, pero esas
escuelas tienen problemas de
autoridad. Hay que encontrar nuevos
modelos que ayuden a la juventud a atravesar la adolescencia. La culpa es nuestra, no de los
niños. No hemos sabido inventar los rituales apropiados que puedan ayudar a un joven violento a encontrar salidas que no sean autodestructivas o destructivas para los demás. En el
siglo XIX, los ingleses, cuando tuvieron que pasar a la
educación de masas, inventaron el
deporte de masas, el
fútbol. En ese sentido, deberíamos inventar el nuevo
deporte del
siglo XXI, un nuevo ritual que al mismo
tiempo fuera una práctica del
cuerpo y que permitiera la socialización. Uno de los refugios que parecían irreductibles eran las
familias. ¿No lo son ya?
Hoy tenemos
familias recompuestas, monoparentales y de
personas sueltas. Tenemos también las
familias compuestas por parejas del mismo
sexo. Son modos de mantener un deseo de
familia. No se puede decir que la
familia no es más un objeto de deseo: más bien es un objeto de deseo sobre formas múltiples, que no está regulado por la tradición. Un cambio de esta época es la desautorización de las prohibiciones. Recuerdo el famoso eslogan de fines de los años 60: "prohibido prohibir".
Hoy hay una desautorización de la
autoridad, del modelo tradicional de la
autoridad. La figura del
padre fue trastrocada:
hoy su función es cargarse de la culpa de prohibir. Esto lo vemos en la extensión de los trastornos de atención, en las adicciones. Lo que parece estar extendiéndose son las
patologías de
acciones, no las
patologías derivadas de la prohibición. Vemos cada
día más
gente desaforada en los shoppings,
gente que no puede parar de comprar. Si la felicidad es tener tanto como los demás, hay que endeudarse de manera excesiva para tener más, sin pensar, sin tener en cuenta las consecuencias. El psicoanálisis es un
discurso que evoluciona. En el
siglo XIX era una práctica que se ejercía en una
civilización en la cual no existían los fármacos psiquiátricos. Pero ahora todo el
mundo toma fármacos. Por
enfermedad, por trastornos, de forma preventiva, por las dudas... Toma medicación que sirve de recreo: la automedicación, la medicación consumida fuera de una indicación médica precisa. Se utilizan, por ejemplo, remedios que supuestamente están hechos para tratar la disfunción de la erección en el
hombre y se los utiliza con la fantasía de mejorar las performances sexuales. Estamos en una
civilización en la cual el uso de fármacos está muy presente. El psicoanálisis sólo constata que su
discurso opera en una
civilización que ha cambiado completamente.
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