31-Erase una vez
| Fecha: 2008-08-26 20:03:52 | por: |
Érase una vez un
México mejor, -me cae, no estoy hablando en metáfora o algo mas complejo, de verdad existió un
México así-, era un
México con más oportunidades y menos
discursos políticos, era un
México más
seguro y con menos combate a la
inseguridad, era un
México de
niños correteándose en los
parques, jugando a la pelota o a las escondidillas en cualquier parte, era un
México donde los jóvenes se iban de pinta a los centros
comerciales, a los cines, a los campos, a remar a
Chapultepec o dar la vuelta por las calles aledañas al colegio, era un
México donde las discotecas de
moda organizaban tardeadas refresqueras, era un
México sin tantas rejas, sin tantas casetas de vigilancia, sin tantos helicópteros sobre-volando la zona.
Recuerdo mi infancia y mi adolescencia en ese
México del que hablo, mi urgencia por salir de
clases era motivada por salir corriendo a la esquina y gastarme mi mesada en
libros usados,
dulces y en posters alusivos a alguna
banda de rock para luego
caminar algunas calles y sentarme a esperar el
camión que me llevaría hasta la esquina de mi cuadra, recuerdo que la charla mas seria que sostuve con mi
madre fue sobre reproducción y sexualidad, que mi peor fechoría radicó en dejarme el cabello largo, no lavar los pantalones y ponerme aretes, que mis visitas a des-horas no pasaban de las siete y mis más clandestinas reuniones tenían lugar en
casa de mis cuates –cuando alguno de ellos conseguía hurtar del cajón de su hermano mayor alguna revista para adultos y un cigarrillo a
medio fumar que por lo general duraba muy poco y nos hacía toser de manera incómoda y desagradable-, recuerdo que la peor
noticia que vi por
televisión fue la llamada “Tormenta en el desierto”, que los paraísos de las
drogas era un manojo de mitos e historias que alguien le había escuchado contar a alguien más, recuerdo que nadie moría por otra cosa que no fuera un
accidente o una
enfermedad gravísima o propia de la edad.
Ahora me encuentro en la edad adulta y les juro que no es por gusto o convicción y desde aquí, desde esta edad que me implica tener pelo en la
cara, unos cuantos cabellos color
blanco, cuentas por pagar, insomnio, alcoholismo,
estrés, falta de
tiempo, hartazgo,
sueños truncos y una notoria
dependencia al
tabaco aún tengo recuerdos, recuerdo a
Miguel, un entrañable compañero de la prepa que hace
tiempo perdiera la
vida por una sobre dosis de morfina, recuerdo también a Vanesa, la chica mas hermosa y perfecta de la cuadra que después de su primer
aborto –más o menos a los diez y ocho años- dedica sus tardes a fumar
marihuana y nada de esta
vida le importa, recuerdo a Jorge, a quien nunca le contaron de esa nueva
enfermedad llamada
SIDA, recuerdo haber asistido al entierro de Esther y Renato, los hermanos que obtuvieron fama por sus interminables
fiestas pues sus
padres nunca estaban en
casa, vivían trabajando, recuerdo muy bien a Mariana, una larguirucha rubia que
cansada del
proceso de divorcio de sus
padres huyó una madrugada y su
cuerpo amaneció, ultrajado y golpeado una mañana en
Tijuana, recuerdo también la
historia de un
amigo entrañable, un gran
hombre dirían las muchachas, exitoso, educado, sincero, digamos correcto en toda la extensión de la
palabra que por falta de un consejo oportuno o de una charla verdaderamente paternal, decidió quitarse la
vida una mañana, recuerdo muy bien las
palabras que su
madre me dijera el
día de su entierro “no sabía lo que pasaba”.
Érase una vez un
México mejor, un
México donde los
padres educaban a sus
hijos, donde les dedicaban
tiempo y les inculcaban
valores, era un
México de
niños y jóvenes sanos, era un
México creciente sin tanto alboroto por lo cotidiano, era un
México que todos recordamos.
¿Hasta cuando
lector, hasta cuando?
Antonio Andrade
www.antonioandrade.net
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