Siqueiros y Tlatelolco
| Fecha: 2008-10-09 17:08:50 | por: |
David Alfaro Siqueiros (1896-1974) fue uno de los cuatro más famosos pintores de
México del
siglo XX, con Diego María de la Concepción
Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, José Clemente Orozco y Rufino Arellano Tamayo (la fama de Magdalena del Carmen Frida Kahlo
Calderón es muy posterior). Siguiendo el ejemplo de Pablo Ruiz
Picasso y del mismo Tamayo, el Coronelazo (así le decían por sus alardes bélico-machistas) usó solamente su apellido materno. Comunista militante de toda la
vida, Siqueiros contaba la siguiente anécdota. Apremiado por algún
familiar sobre un asunto de migración bastante complicado, Siqueiros pedía y pedía infructuosamente una cita con el secretario de
Gobernación (Luis Echeverría). Se la negaban una y otra vez. Cierto
día, le llamaron por fin y lo citaron en
Gobernación para el 2 de
octubre a las cinco de la tarde (es inevitable la evocación al telúrico poema "La cogida y la muerte", de Federico García Lorca, de 1935, el año anterior a su absurdo fusilamiento en
Granada, cuando Siqueiros andaba justamente por
España, peleando en el bando republicano). Justo ese
día, a esa
hora, Siqueiros tenía un
compromiso muy importante ya concertado, de modo que explicó su predicamento y solicitó que le cambiaran la cita. No hubo manera; las órdenes que tenía la secretaria eran tajantes: tenía que ser exactamente ese
día, a esa
hora. Sequeiros insistió, argumentó y hasta rogó. Imposible. Así que ni modo, el voluntarioso Coronelazo tuvo que apechugar y fue recibido justo a la
hora por Echeverría, quien lo invitó a sentarse. Cuando apenas comenzaban a tratar el asunto, sonó el
teléfono de "La Red" y Echevería lo contestó. Escuchó mientras intercalaba comentarios como "¡Qué barbaridad!" "¿Cómo?" y demás expresiones de sorpresa. Colgó y le dijo a Siqueiros que le acaban de informar que algo terrible había pasado en
Tlatelolco, que había sido un enfrentamiento a tiros o algo así, y que había gran confusión. En seguida giró órdenes a sus subordinados de que le arreglaran de inmediato el asunto al pariente de Siqueiros, y lo despidió cordialmente. Siqueiros salió de ahí muy desconcertado, y corrió a enterarse de la tragedia. Sólo al
día siguiente tuvo cabeza para sumar dos más dos. Él, Siqueiros, era el gran santón de la izquierda
mexicana. De su opinión dependería en buena parte el tamaño y la intensidad de la reacción de las filas más radicales del movimiento del '68. Tras su "exitosa" entrevista con Echeverría, Siqueiros había quedado todo lo "ablandado" que con él se podía lograr. Y las casualidades eran demasiadas casualidades. ¿Había sido todo un simple
teatro, montado por quien parecía dispuesto a incendiar el
mundo entero con tal de llegar a Los Pinos? ¿Era posible tanto maquiavelismo? ¿Era imaginable que a punta de derramar ríos de sangre joven, una ambición desbocada aprovechara la evidente veta paranoide del
presidente Gustavo Díaz Ordaz, como luego De la
Madrid aprovecharía la veta vanidosa y frívola de López Portillo (todos los
humanos tenemos vetas de vulnerabilidad)? No, no era posible. No, no era imaginable. Pero el hecho no se podía negar: en esa coyuntura Echeverría se les adelantaba definitivamente a sus competidores por la sucesión
presidencial para el
sexenio 1970-1976, principalmente Alfonso
Corona del Rosal y el gran
amigo de Díaz Ordaz, Emilio Martínez Manautou (abuelo del
Niño Verde Jorge Emilio González Martínez).
A LAS CINCO DE LA TARDE
No parece ocioso recordar los versos finales del poema lorquiano: "A las cinco de la tarde / cuando la
plaza se cubrió de yodo / a las cinco de la tarde, / la muerte puso huevos en la herida / a las cinco de la tarde. / A las cinco de la tarde. / A las cinco en Punto de la tarde. / Las heridas quemaban como soles / a las cinco de la tarde, / y el gentío rompía las ventanas / a las cinco de la tarde. / A las cinco de la tarde. / ¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! / ¡Eran las cinco en todos los relojes! / ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!"
Aplausos y chiflidos:
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