Legionarios de la mediocridad
| Fecha: 2009-12-15 19:17:04 | por: |
A fuego lento
El viejo refrán que espeta: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, no perderá actualidad mientras los seres
humanos basemos nuestra convivencia en aparentar lo que no somos. Y esto tampoco cambiará mientras las condiciones
económicas nos obliguen a relacionarnos mediante la mentira para aprovecharnos unos de lo que tienen otros. En pocas
palabras, mientras el hecho de tener no sea regido por el atributo de ser y el reino de la necesidad no dé paso al reino de la
libertad, el cual sobrevendrá sólo cuando nuestro esfuerzo por alcanzar el bien individual se haya encaminado hacia la consecución del bien común y hayamos comprendido que nadie puede ser individualmente
libre si los demás tampoco lo son. Para eso, claro está, hace falta mucho
desarrollo de las fuerzas productivas.
Mientras tanto, nuestro destino es fingir cuando risiblemente amamos, odiamos, reímos, nos indignamos u ofendemos. Pues ¿qué puede ser más ridículo que la respingada indignación de un bienpensante que simula escandalizarse ante la falta de
justicia en un
país oligárquico, como si la naturaleza de tal
país permitiera un mínimo de justicia? ¿O más ruin que el arrebato del esnob ofendido por la tosquedad de la pobrería organizada que para hacerse oír impide la cómoda circulación de automóviles?
En sus Silogismos de la amargura, Emil Cioran exclama: “¿Nuestros ascos? Desvíos del asco que nos tenemos a nosotros mismos”. Lo cual quiere decir que el hastío de nuestra pertinaz mentira nos ha convertido en seres tan insoportables para el propio gusto, que tenemos la necesidad de desviar hacia el prójimo el asco que nos provoca nuestra misma falsedad, pues admitir su putrefacta
realidad concreta le resulta demasiado doloroso a nuestro frágil cuando temeroso y fútil ego, al cual se le presenta como amenaza cualquier asomo de lucidez, crítica y verdad.
A ello se debe que echemos mano de identidades aún más falsas que las que históricamente nos corresponden y que, atrincherados detrás de nuestras bien confeccionadas
máscaras de bisutería, rechacemos cualquier
rostro genuino que, por serlo, nos escandalice, ofenda o indigne. A propósito, también dice Cioran: “Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro
rostro: al loco le traiciona el suyo. Él se ofrece, se denuncia a los demás. Habiendo perdido su
máscara, muestra su angustia, se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas. Tanta indiscreción irrita. Es normal que se le espose y se le aísle”.
Sobre todo si se trata del
rostro al que apelaba Erasmo: el
rostro de la locura
ética del lúcido, el de la brutal
honestidad del
niño, el de la franqueza insultante del borracho, el del punzante verbo del poeta, del filósofo y del intelectual radical (capaz de ir a la raíz causal de los problemas que explica), pues ese es el
rostro de la verdad
desnuda y sin afeites. Y es a ese
rostro al que los legionarios de la mediocridad temen, al que el
poder ciego de los adocenados persigue, censura, calumnia, silencia. Y lo hace por miedo a su certitud, a su veracidad factual, al ser genuino que se esconde y maquilla tras la
máscara superflua del tener y que, por ello, es incapaz de ser él mismo.
En un
mundo regido por la necesidad creada por unos pocos sobre otros muchos, la sinceridad resulta subversiva porque es verdadera. Sólo es
buena la mentira. Lo cierto es malo. Lo genuino es de mal gusto.
Esto lo intuyen las masas. Por eso ven a los farsantes como tigres de
papel. Y a menudo los estrujan. O los aplastan. Validando así el viejo refrán.
Mayagüez (Puerto Rico), 13 y 14 de
diciembre del
2009.
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