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A los jóvenes asesinados en Ciudad Juárez. La música suena vigorosa, la energía propia de la algarabía juvenil energiza el ambiente a ritmo de hip-hop. Al final de la sala (espontáneamente convertida en pista de baile) las miradas de dos compañeros de clase se enfocan en la hermosa chica que acaricia sus cabellos sin reparo y que a su vez, escucha un tanto distraída la charla de un pequeño grupo de amigos que pronostican quien será el ganador del Superbowl. Al mismo tiempo, dos parejas se divierten detallando las anécdotas vividas durante el día que apenas termina y planean la salida al cine del día lunes. Mientras tanto, la adolescente de lentes y ojos expresivos se pasea en la banqueta y habla por teléfono con sus padres para avisar de su pronta llegada a casa.
Las risas constantes, las pláticas entrelazadas y la música “reggaetón” de Daddy Yankee, esconden por un momento el cotidiano aullar de las sirenas de ambulancias y patrullas. El calor provocado por el baile, aunado al reducido espacio de convivencia, lograron que el frío aun invernal no sea invitado a la fiesta. La camaradería, los abrazos fraternos y la alegría por vivir han usurpado el sentimiento habitual de miedo que produce la ciudad.
Los dos compañeros de clase, deciden invitar a bailar a la chica que continua alaciando manualmente sus cabellos. El grupo de amigos, ha decidido organizar una modesta quiniela en la que trataran de atinarle al marcador final del Superbowl. Las dos parejas, no logran ponerse de acuerdo en la película que verán y la adolescente de los ojos vivarachos, ya imagina el olor a café que pretende sorber en cuanto llegue a su hogar.
El rechinar de neumáticos, las capuchas, los disparos, la sangre, la muerte. El frío se interna a la vivienda, el miedo ha vuelto. El color de la esperanza se tiñe de rojo, las balas se roban la juventud y el miedo, otra vez el maldito miedo.