Centenario de la Revolución Mexicana. 1 de 6
| Fecha: 2010-03-16 09:58:18 | por: |
Centenario de la
Revolución Mexicana. 1 de 6
Autor David Gómez Salas
CONTENIDO
Uno.
Plan de San Luis, Argumentos.
Dos.
Plan de San Luis. Puntos.
Tres. El
Plan Ayala de 1911 de
Emiliano Zapata.
Cuatro. Homenaje a Belisario Domínguez y a María Hernández Zarco.
Cinco. El segundo
discurso del
Senador Belisario Domínguez Palencia. 29 de
septiembre 1913.
Seis. El
Senado traiciona a la
Revolución Mexicana
Parte Uno.
Plan de San Luis
Octubre de 1910. Autor Francisco I Madero
Compilador David Gómez Salas
Se presenta el documento original del
Plan de San Luis. Ideario de la
Revolución Mexicana.
Los pueblos, en su esfuerzo constante porque triunfen los ideales de
libertad y
justicia, se ven precisados en determinados momentos históricos a realizar los mayores sacrificios.
Nuestra querida
Patria ha llegado a uno de esos momentos: una tiranía que los
mexicanos no estábamos acostumbrados a sufrir, desde que conquistamos nuestra
Independencia, nos oprime de tal manera, que ha llegado a hacerse intolerable. En cambio de esta tiranía se nos ofrece la
paz, pero es una
paz vergonzosa para el
pueblo mexicano, porque no tiene por base el
derecho, sino la fuerza; porque no tiene por objeto el engrandecimiento y prosperidad de la
Patria, sino enriquecer un pequeño
grupo que, abusando de su influencia, ha convertido los puestos públicos en fuente de beneficios exclusivamente personales, explotando sin escrúpulos las concesiones y contractos lucrativos.
Tanto el
poder Legislativo como el Judicial están completamente supeditados al Ejecutivo; la división de los poderes, la soberanía de los
Estados, la
libertad de los
Ayuntamientos y los
derechos del
ciudadano solo existen
escritos en nuestra Carta Magna; pero, de hecho, en
México casi puede decirse que reina constantemente la
Ley Marcial; la
justicia, en vez de impartir su
protección al débil, solo sirve para legalizar los despojos que comete el fuerte; los
jueces, en vez de ser los representantes de la
Justicia, son
agentes del Ejecutivo, a cuyos
intereses sirven fielmente; las
cámaras de la Unión no tienen otra voluntad que la del Dictador; los
gobernadores de los
Estados son designados por él, y ellos a su vez designan e imponen de igual manera a las
autoridades municipales.
De esto resulta que todo el engranaje administrativo, judicial y
legislativo obedecen a una sola voluntad, al capricho del general Porfirio Díaz, quien en su larga
administración ha demostrado que el principal
móvil que lo guía es mantenerse en el
poder y a toda costa.
Hace muchos años se siente en toda la
República profundo malestar, debido a tal régimen de
Gobierno; pero el general Díaz, con gran astucia y perseverancia, había logrado aniquilar todos los elementos independientes, de manera que no era posible organizar ninguna
clase de movimiento para quitarle el
poder de que tan mal uso hacía. El mal se agravaba constantemente, y el decidido
empeño del general Díaz de imponer a la
Nación un sucesor, y siendo este el
señor Ramón Corral, llevó ese mal a su colmo y determinó que muchos
mexicanos, aunque carentes de reconocida personalidad política, puesto que había sido imposible labrársela durante 36 años de Dictadura, nos lanzáramos a la lucha, intentado reconquistar la soberanía del
pueblo y sus
derechos en el terreno netamente democrático.
Entre otros
partidos que tendían al mismo fin, se organizó el
Partido Nacional Antireelecionista, proclamando los principios de SUFRAGIO EFECTIVO Y NO REELECCIÓN, como únicos capaces de salvar a la
República del inminente peligro con que la amenazaba la prolongación de una dictadura cada
día mas onerosa, mas despótica, y más inmoral.
El
pueblo mexicano secundó eficazmente a ese
partido y, respondiendo el llamado que se hizo, mandó a sus representantes a una
Convención, en la que también estuvo representado el
Partido Nacional Democrático, que asimismo interpretaba los anhelos populares. Dicha
Convención designó sus candidatos para la
Presidencia y Vicepresidencia de la
República, recayendo esos nombramientos en el
señor Dr. Francisco Vázquez Gómez y en mí para los cargos respectivos de Vicepresidente y
Presidente de la
República.
Aunque nuestra situación era sumamente desventajosa porque nuestros adversarios contaban con todo el elemento
oficial, en el que se apoyaban sin escrúpulos, creímos de nuestro deber, para servir la causa del
pueblo, aceptar tan honrosa designación. Imitando las sabias costumbres de los
países republicanos, recorrí parte de la
República haciendo un llamamiento a mis compatriotas. Mis giras fueron verdaderas marchas triunfales, pues por donde quiera el
pueblo, electrizado por las
palabras mágicas de SUFRAGIO EFECTIVO Y NO REELECCIÓN, daba pruebas evidentes de su inquebrantable resolución de obtener el
triunfo de tan salvadores principios. Al fin, llegó un momento en que el general Díaz se dio cuenta de la verdadera situación de la
República y comprendió que no podía luchar ventajosamente conmigo en el campo de la
Democracia, y me mandó reducir a prisión antes de las
elecciones, las que se llevaron a cabo excluyendo al
pueblo de los comicios por
medio de la
violencia, llenando las prisiones de
ciudadanos independientes y cometiendo los fraudes más desvergonzados.
En
México, como
República Democrática, el
poder público no puede tener otro origen ni otra base que la voluntad
nacional, y esta no puede ser supeditada a fórmulas llevadas a cabo de un modo fraudulento.
Por este motivo el
pueblo mexicano ha protestado contra la ilegalidad de las últimas
elecciones; y queriendo emplear sucesivamente todos los recursos que ofrecen las
leyes de la
República en la debida forma, pidió la nulidad de las
elecciones ante la
Cámara de Diputados, a pesar de que no reconocía a dicho
cuerpo un origen legítimo y de que sabía de antemano que, no siendo sus miembros representantes del
pueblo, solo acatarían la voluntad del general Díaz, a quien exclusivamente deben su investidura.
En tal
estado las cosas, el
pueblo, que es el único soberano, también protestó de un modo enérgico contra las
elecciones en imponentes manifestaciones llevadas a cabo en diversos puntos de la
República, y si éstas no se generalizaron en todo el territorio
nacional fue debido a terrible presión ejercida por el
gobierno, que siempre ahoga en sangre cualquiera manifestación democrática, como pasó en
Puebla,
Veracruz,
Tlaxcala,
México, y otras partes.
Pero esta situación
violenta e ilegal no puede subsistir más.
Yo he comprendido muy bien que si el
pueblo me ha designado como su candidato para la
Presidencia, no es porque haya tenido la oportunidad de descubrir en mi las dotes del estadista o del gobernante, sino la virilidad del patriota resuelto a sacrificarse, si es preciso, con tal de conquistar la
libertad y ayudar al
pueblo a librarse de la odiosa tiranía que lo oprime.
Desde que me lancé a la lucha democrática sabía muy bien que el general Díaz no acataría la voluntad de la
Nación, y el noble
pueblo mexicano, al seguirme a los comicios, sabía también perfectamente el ultraje que le esperaba; pero a pesar de ello, el
pueblo dio para la causa de la
Libertad un numeroso contingente de mártires cuando estos eran necesarios, y con admirable estoicismo concurrió a las casillas a recibir toda
clase de vejaciones.
Pero tal conducta era indispensable para demostrar al
mundo entero que el
pueblo mexicano está apto para la
democracia, que está sediento de
libertad, y que sus actuales
gobernantes no responden a sus aspiraciones.
Además, la actitud del
pueblo antes y durante las
elecciones, así como después de ellas, demuestra claramente que rechaza con energía al
Gobierno de general Díaz y que, si se hubieran respetado esos
derechos electorales, hubiese sido yo electo para la
Presidencia de la
República.
En tal virtud, y haciéndome eco de la voluntad
nacional, declaro ilegales las pasadas
elecciones, y quedando por tal motivo la
República sin
gobernantes legítimos, asumo provisionalmente la
Presidencia de la
República, mientras el
pueblo designa conforme a la
ley sus
gobernantes. Para lograr este objeto es preciso arrojar del
poder a los audaces usurpadores que por todo título de legalidad ostentan un fraude escandaloso e inmoral.
Con toda honradez declaro que consideraría una debilidad de mi parte y una traición al
pueblo que en mi ha depositado su confianza no ponerme al frente de mis conciudadanos, quienes ansiosamente me llaman, de todas partes del
país, para obligar al general Díaz, por
medio de las
armas, a que respete la voluntad
nacional.
El
Gobierno actual, aunque tiene por origen la
violencia y el fraude, desde el momento que ha sido tolerado por el
pueblo, puede tener para las
naciones extranjeras ciertos títulos de legalidad hasta el 30 del
mes entrante en que expiran sus poderes; pero como es necesario que el nuevo
gobierno dimanado del último fraude no pueda recibirse y del
poder, o por los menos se encuentre con la mayor parte de la
Nación protestando con las
armas en la mano, contra esa usurpación, he designando el DOMINGO 20 del entrante
Noviembre para que de las seis de la tarde en adelante, en todas las
poblaciones de la
República se levanten en
armas bajo el siguiente.
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